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EL ARTE DE AMARGARSE LA VIDA

 

 

PAUL WATZLAWIK ( libro completo)

 

 TRADUCCIÓN DE XAVIER MOLL

 

Título de la edición original: Anltitung zum {'nglückikbsetn Traducción del alemán: Xavier Molí

Diseño: \orbert Denke! Ilustración: Fernando Krahn {Cranologu, Edition C, Zürich).

Circulo de Lectores, S.A.

Valencia 344, 08009 Barcelona

13 5 7 9 9 8 0 3 8 6 4 2

Licencia editorial para Círculo de Lectores

por cortesía de Editorial Herder, S. A.

Kstá prohibida la venta de este libro a personas que no

pertenezcan a Círculo de Lectores.

C& 1983, Paul Watzlawick ©  1984, Editorial Herder, S.A., Barcelona

Depósito legal: B. 7469-1989 h'otocomposición: gama, sa, Barcelona

Impresión y encuademación: Pnnter industria gráfica, s.a.

W II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicenc deis Horts.

Barcelona, 1989. Printed in Spain

ISBN 84-226-2773-6

 

ÍNDICE 

Nota del editor 13 

Prólogo15 

Introducción19 

Sobre todo esto: sé fiel a ti mismo 27 

Cuatro ejercicios con el pasado 31 

 1. La sublimación del pasado 31 

2. La mujer de Lot 33 

 3. El vaso de cerveza fatal 33 

4. La llave perdida o «más de lo mismo» 36 

Rusos y americanos 41 

La historia del martillo 47 

Los guisantes en la mano 57 

El hombre que espantaba elefantes 61 

Autocumplimiento de las profecías 67 

Cuidado con la llegada 73 

Si me amases de veras, comerías ajo de buen agrado 81 

«Sé espontáneo» 95 

Si alguien me quiere, no está en su cabal juicio 103

«El hombre debe ser noble, dispuesto a ayudar y bondadoso»111 

Esos extranjeros mentecatos 121 

La vida como juego 127

Epílogo 133 

Índice bibliográfico

 

NOTA DEL EDITOR ORIGINAL

El nuevo libro de Paul Watzlawick se puede leer medio en broma y medio en serio. Es posible que el lector encuentre en este libro algo de sí mismo, a saber, su propio estilo de convertir lo cotidiano en insoportable y lo trivial en desmesurado.

Además, aun cuando el autor no lo confiese en ninguna parte, este libro constituye una única y extensa «prescripción sintomática», un doble vínculo terapéutico muy al estilo del denomi­nado «Grupo de Palo Alto». El psicoterapeuta o asistente seguramente sabrán leer entre las líneas de estas páginas maliciosas mucho material que tiene un significado directo para el diálogo tera­péutico: metáforas, viñetas, chistes, anécdotas socarronas y otras formas de hablar del «hemis­ferio derecho», que son infinitamente más efica­ces que las interpretaciones solemnes y graves de las actitudes erróneas de los humanos.

 

PRÓLOGO

En el corazón de Europa hubo una vez un gran imperio. Lo formaban tantas y tan diversas culturas, que no siempre podía alcanzarse una solu­ción razonable para un problema cualquiera y el absurdo resultaba ser el único camino viable de la vida. Sus habitantes -los austrohúngaros, como el lector ya habrá sospechado- llegaron a ser proverbiales, no por su inhabilidad en en­frentarse de un modo razonable con los proble­mas más simples, sino por su habilidad en con­seguir lo imposible de algún modo casi por descuido. Inglaterra, como dice un proverbio, siempre pierde la batalla menos la única deci­siva; Austria siempre pierde la batalla menos la única desesperanza. (No es de extrañar que desde entonces la máxima condecoración militar se reserve para oficiales que arrebatan la victoria de las garras de una derrota con alguna acción que está en crasa contradicción con el plan ge­neral de batalla.)

El gran imperio se ha convertido en una pe­queña región, pero el absurdo ha quedado en el concepto de vida de sus habitantes, y el autor de estas páginas no es ninguna excepción. Para ellos, la situación es desesperada, pero no seria.

 

INTRODUCCIÓN

«¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, déle unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple des­caro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Justamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar...»

Estas palabras proceden de la pluma de un hombre, que Friedrich Nietzsche consideraba el más grande de los psicólogos de todos los tiem­pos: Feodor Mijailovich Dostoievski. En realidad sólo dicen, bien que en un tono más elocuente, lo que la sabiduría popular sabe desde siempre: no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos.

Ya es hora de acabar con los milenarios cuentos de viejas que presentan la felicidad, la dicha, la buena fortuna como objetivos apetecibles. Demasiado tiempo se ha tratado de convencernos -y lo hemos creído de buena gana- de que la búsqueda de la felicidad al fin nos deparará felicidad.

Lo gracioso del caso es que el concepto de felicidad ni siquiera puede definirse. Así, por ejemplo, en septiembre de 1972, los oyentes de la serie séptima de la emisión de noche de radio Hessen fueron testigos de la discusión, sorprendente sin duda, sobre el tema «¿qué es felicidad» (11)1  (Los números que van entre paréntesis remiten al índice bibliográfico al final del libro.), en la que cuatro representantes de distintas ideologías y disciplinas no lograron ponerse de acuerdo sobre el significado de este concepto aparente­mente tan claro, a pesar de los esfuerzos de un moderador sumamente razonable (y paciente).

En realidad, no deberíamos sorprendernos de ello. «¿En qué consiste la felicidad? Sobre esta cuestión, las opiniones siempre fueron dispares», leemos en un ensayo del filósofo Robert Spaemann sobre la vida feliz (22): «289 parece­res contó Terencio Varrón, y Agustín abunda en este sentido. Todos los hombres quieren ser felices, dice Aristóteles.» Y luego Spaemann se refiere a la sabiduría de una historia judía, que narra de un hijo que manifiesta a su padre su deseo de casarse con la señorita Katz. «El padre se opone, porque la señorita Katz no aporta nada. El hijo replica que sólo será feliz si se casa con la señorita Katz. El padre le dice: "Ser feliz, ¿y de qué te servirá esto?"»

La literatura universal ya debería habernos inspirado desconfianza. Desgracias, tragedias, catástrofes, crímenes, pecados, delirios, peligros, éstos son los temas de las grandes creaciones. El Infierno de Dante es incomparablemente más genial que su Paraíso; lo mismo puede decirse del Paraíso perdido de Milton, a su lado, el Paraíso reconquistado es francamente soso; la caída de Jedermann (Hofmannsthal) arrastra, en cambio, los angelitos que al fin le salvan, causan un efecto ridículo; la primera parte de Fausto con­mueve hasta las lágrimas, la segunda hasta el bostezo.

No nos hagamos ilusiones: ¿qué seríamos o dónde estaríamos sin nuestro infortunio? Lo necesitamos a rabiar, en el sentido más propio de esta palabra.

Nuestros primos de sangre caliente en el reino animal no tienen más suerte que nosotros; basta ver los efectos monstruosos de la vida en el zoológico: aquellas soberbias criaturas son protegidas contra el hambre, el peligro, la enfermedad (incluso con­tra la caries dental) y se las convierte en el equiva­lente a los neuróticos y psicóticos humanos.

Nuestro mundo en peligro de anegarse en una inundación de recetas para ser feliz, no puede esperar más tiempo a que le echemos un cable de salvación. No puede permanecer más tiempo la competencia en estos mecanismos y procesos bajo el dominio celosamente custodiado de la psiquiatría y psicología.

El número de los que se las arreglan con su propia desdicha como mejor saben y pueden, quizás parezca relativamente considerable. Pero es infinitamente mayor el número de los que en este menester precisan consejo y ayuda. A ellos se dedican las páginas siguientes a modo de manual de iniciación.

Hay que añadir que a este propósito altruista le corresponde un significado político. Como los directores de un zoológico en dimensiones reducidas, en grandes dimensiones, los Estados también se han impuesto la tarea de configurar la vida de los ciudadanos de modo que ésta, desde la cuna hasta la tumba, sea segura y chorreante de felici­dad. Pero esto sólo es posible mediante una educación sistemática del ciudadano que le haga in­competente en la sociedad. Por esta razón, en todo el mundo occidental, los gastos públicos para política sanitaria y social aumentan de año en año en proporción siempre mayor. Como se­ñaló Thayer (23), entre 1968 y 1970, estos gastos se dispararon en los EE.UU. en un 34 %, de 11 a 14 mil millones de dólares. De las estadísticas más recientes de la República Federal de Alema­nia se desprende que sólo los gastos públicos para la salud ascienden cada día a 450 millones de marcos, lo que supone un aumento treinta veces mayor respecto de 1950. En este mismo país hay diez millones de enfermos y el ciudadano normal toma a lo largo de su vida 36 000 comprimidos. Imaginémonos por un momento qué pasaría si este curso ascendente se detuviese o retrocediese. Se derrumbarían ministerios gigantescos, sectores enteros de la industria se declararían en quiebra y millones de hombres irían al paro.

El presente libro pretende aportar una pequeña contribución, pero consciente y responsable, para que se evite esta catástrofe.

El Estado necesita con tanto empeño que el desamparo y la desdicha de su población aumente de continuo, que esta tarea no puede confiarse a los ensayos bien intencionados de unos ciudadanos aficionados. Como en todos los sectores de la vida moderna, también aquí se precisa una dirección pública. Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, no basta tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos.

Los datos pertinentes y las informaciones apro­vechables de la bibliografía especializada, es de­cir, principalmente obras de psiquiatría y psicología, son escasos y la mayoría de las veces involuntarios. Por lo que sé, muy pocos colegas míos se han atrevido a tratar este tema espinoso. Son excepciones honrosas los francocanadienses Rodolphe y Luc Morisette, Petit manuel de guérilla matrimoniale (12); Guglielmo Gulotta, Commedte e drammi nel matrimonio (7); Ronald Laing, Knots (9), y Mará Selvini, II mago smagato (20). En esta úl­tima obra, la famosa psquiatra demuestra que el sistema de educación escolar necesita que sus psi­cólogos fracasen, para poder seguir haciendo lo mismo de siempre. Merecen una mención muy especial los libros de mi amigo Dan Greenburg, How to be a Jewish Mother (5) y How to Make Yourself Miserable (6), obra importante que la crí­tica celebró como investigación audaz «que ha hecho posible que centenares de miles de hom­bres arrastren de veras una vida vacía». Y last but not least, hay que mencionar a los tres represen­tantes más insignes de la escuela británica: Stephen Potter con sus estudios sobre «Upmanship» (17); Laurence Peter, el descubridor del principio «Peter» (16), y finalmente el autor, conocido en todo el mundo, de la ley que lleva su nombre: Northcote Parkinson (14, 15).

La novedad del presente libro sobre estos estudios excelentes está en su deseo de presentar una introducción metódica, fundamental y basada en una experiencia clínica de decenas de años, a los mecanismos más útiles y seguros de la vida amargada. Sin embargo, mis explicaciones no han de ser consideradas como exhaustivas y completas, sino únicamente como iniciación o guía que facilite a mis lectores más dotados el desarrollo de un estilo propio.

 

SOBRE TODO ESTO:

SÉ FIEL A TI MISMO...

Esta regla de oro procede de Polonio, el escudero de Hamlet. Para nuestro propósito, el caso viene como anillo al dedo, pues precisamente Polonio, por ser fiel a sí mismo, consigue al fin que Hamlet le atraviese «como una rata» en su escondite detrás de un biombo. Al parecer, en el Estado de Dinamarca todavía no estaba en vigor la regla de oro de que «quien escucha, su mal oye».

Quizás alguien objete que en este caso la em­presa de amargarse la vida se llevó demasiado lejos. Pero, por supuesto, tenemos que conceder a Shakespeare alguna libertad poética. Ello no desvirtúa el principio.

Seguramente nadie pondrá en duda que se puede vivir en conflicto con el medio ambiente y particularmente con el prójimo. También es de todos conocido, pero mucho más difícil de com­prender y por lo mismo de perfeccionar, que uno pueda generar la desdicha en el retiro total de su propia cabeza. Es fácil que uno reproche falta de cariño a su consorte, que suponga malas intencio­nes en el jefe y que haga al tiempo atmosférico responsable de un constipado, pero ¿llegaremos a conseguir convertirnos en nuestros propios contrarios de la lucha diaria?

Las puertas de acceso a la vida desdichada lle­van unas indicaciones áureas. Formularon estas indicaciones el sentido común, sin duda, el alma sana del pueblo o hasta el instinto por lo que acaece en lo profundo. Pero, al fin y al cabo, el nombre que se dé a esta habilidad admirable es muy secundario. Se trata fundamentalmente de la convicción de que no hay más que una sola opinión correcta: la propia. Una vez que se ha lle­gado a esta convicción, muy pronto se tiene que comprobar que el mundo va de mal en peor. En este punto se distinguen los profesionales de los aficionados. Estos últimos llegan a lograr encogerse de hombros y resignarse. En cambio, el que es fiel a sí mismo y a sus principios áureos, no está dispuesto a ningún compromiso barato. Puesto a escoger entre ser y deber, disyuntiva importante que ya se trata en los Upanishads, se decide sin ti­tubeos por lo que el mundo debe ser y rechaza lo que es. Como capitán de navío de su vida, que hasta las ratas ya han abandonado, navega imperturbable hacia la noche borrascosa. Bien mirado, es una lástima que en su repertorio falte seguramente un principio áureo de los antiguos roma­nos: Ducunt fata voientem, nolentem trabunt, el destino conduce al dócil, arrastra al desazonado.

Está desazonado, y por cierto de un modo muy especial. Esto es, en él la desazón, en resumidas cuentas, se ha vuelto su objetivo absoluto. En el esfuerzo por permanecer fiel a sí mismo, se con­vierte en un espíritu de contradicción. No contra­decir ya sería traicionarse. El simple hecho de que los otros le sugieran algo, ya es motivo pa­ra que él lo rechace, incluso cuando, mirando ob­jetivamente, aceptarlo sería de su propio interés. (Como se sabe, dice un aforismo notable que la madurez es la capacidad de hacer lo que está bien, aun cuando los padres lo recomiendan.)

Pero el genio auténtico da un paso más, y, con una consecuencia heroica, hasta rechaza lo que a él mismo parece ser la mejor elección, esto es, rechaza las recomendaciones que se hace a sí mismo. Así, el pez no sólo se muerde la cola, sino que se devora del todo. El resultado, en fin, es un estado de desdicha que no tiene rival.

Naturalmente, a mis lectores menos dotados sólo puedo proponer este estado como ideal sublime, pero inalcanzable para ellos.

 

CUATRO EJERCICIOS CON EL PASADO

Según dicen, el tiempo sana las heridas y los sufrimientos. Puede que sea cierto, pero no importa que nos alarmemos. Pues es perfectamente posi­ble escudarse contra esta influencia del tiempo y convertir el pasado en una fuente de amarguras. Al menos cuatro mecanismos ya conocidos de antiguo están a nuestra disposición.

1. La sublimación del pasado

Con alguna habilidad, hasta el principiante puede también conseguir ver el pasado a través de un filtro que sólo deje pasar con luz transfigurada lo bueno y bello. Sólo cuando este truco no funciona, se recuerdan con realismo vigoroso los años de la pubertad (ni hablar que también los de la niñez) como época de inseguridad, de dolor universal y de angustia de futuro, y no se echa de menos ni uno solo de sus días. En cambio, el aspi­rante a la vida amarga que esté más dotado, no tendrá seguramente mayor dificultad en ver su ju­ventud como edad de oro perdida para siempre y en constituirse de este modo una reserva inagota­ble de aflicción.

Naturalmente, la edad de oro de la juventud no es más que un ejemplo. Otro ejemplo podría ser el dolor intenso por la rotura de una relación amo­rosa. Resista usted a lo que le insinúen su razón, su memoria y sus amigos bien intencionados que quieren meterle en su cabeza que dicha relación ya hacía tiempo que estaba quebrada sin remedio, y que usted mismo se preguntaba con frecuencia a regañadientes cómo lo haría para salirse de aquel infierno. Simplemente, no les dé crédito a los que le dicen que la separación es con mucho un mal menor. Convénzase más bien por enésima vez de que un «nuevo arreglo» serio y sincero constituiría esta vez el éxito ideal. (Sin duda, no lo será.) Déjese guiar, además, por la siguiente re­flexión eminentemente lógica: si la pérdida del ser querido es tan infernalmente dolorosa, qué delicia celestial no será el nuevo encuentro. Apár­tese de todos sus amigos, quédese en casa junto al teléfono, a fin de que, si sonara su hora afortu­nada, esté usted disponible de inmediato y del todo.

En caso de que la espera se le haga larga en ex­ceso, entonces la experiencia humana de tiempos inmemoriables aconseja trabar una nueva amistad que sea idéntica a la anterior en todos sus detalles (por distinta que ésta al principio le parezca).

2.      La mujer de Lot

Otra ventaja de aferrarse al pasado está en que no deja tiempo de ocuparse del presente. Si esto se hiciese, podría suceder muy bien que uno, por pura casualidad, en un viraje de 90 o hasta 180 grados de su ángulo visual, tuviese que compro­bar que el presente no sólo le ofrece contrariedades suplementarias, sino también alguna que otra contra-contrariedad; no hablemos de muchas no­vedades que podrían hacer tambalear nuestro pesimismo adoptado una vez para siempre. En este punto, contemplamos con admiración a nuestra maestra ejemplar de la Biblia, la mujer de Lot —usted lo recuerda, ¿verdad?—. El ángel dijo a Lot y a su familia: «Escapa, por tu vida. No mires atrás, ni te detengas en toda la llanura...» Pero su mujer «miró atrás y se convirtió en estatua de sal» (Gen. 19, 17.26).

3.       El vaso de cerveza fatal

Un maestro antiguo del cine cómico americano, W. G. Fields, enseña en su película, The Fatal Glass of Beer, la ruina espantosa e inevitable de un joven que no puede resistir ante la tentación de beber su primer vaso de cerveza. El dedo levan­tado en señal de advertencia (si bien una risa reprimida lo hace temblar) no puede pasar inadvertido: el hecho es breve, el arrepentimiento largo. ¡Y tan largo! (Piénsese en nuestra primera madre de la Biblia: Eva, y el bocado de manzana...)

Esta fatalidad tiene sus ventajas innegables que hasta ahora, en nuestra época iluminada, se silenciaron vergonzosamente, pero que ya no se pue­den ocultar por más tiempo: arrepentimiento va, arrepentimiento viene. Para nuestro tema es mucho más importante el hecho de que, si las consecuencias irreparables del primer vaso de cerveza no disculpan los vasos que siguen, sí los determinan. Dicho de otro modo: muy bien, uno carga con la culpa, entonces debiera uno haberlo sabido mejor, pero ahora ya es demasiado tarde. Se pecó entonces, ahora se es víctima del propio paso dado en falso. Naturalmente, esta forma de construcción de desdicha no es la ideal, puede pasar.

Intentemos, pues, afinarla. ¿Qué pasa en el caso de que no haya habido participación alguna de parte nuestra en el suceso original?, ¿en el ca­so de que nadie pueda acusarnos de cooperación? Sin duda, entonces somos puras víctimas. ¡Y que intente alguien sacudirnos de nuestro status de víctima o esperar que adoptemos medidas en contra! Lo que nos hayan podido causar Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, los parientes o, sobre todo, los amigos, es tan grave que la simple insinuación de que quizás podría­mos intentar poner algún remedio a la situación, ya sería una ofensa. Y por si fuera poco, desprovista de todo rigor científico. Cualquier manual de psicología nos abre los ojos, para que nos per­catemos de que la personalidad ya viene deter­minada por unos factores del pasado, principal­mente situados en la más tierna infancia. Y hasta los niños saben que los sucesos, una vez hechos, ya no se pueden deshacer nunca más. De aquí -dicho sea de paso- la enorme seriedad (y duración) de los tratamientos psicológicos especializados. ¿Adonde iríamos a parar, si fuera en aumento el número de los convencidos de que su situación es desesperada, pero no seria? Basta mirar la advertencia ejemplar que nos ofrece Austria al mantener como himno nacio­nal la canción placentera que la oficialidad in­siste en negar: «O du lieber Augustin, alies ist hin» (Agustín querido, todo está perdido).

Si alguna que otra vez -no es fácil que pase-, el mismo curso independiente de las cosas com­pensa, sin intervención nuestra, por el trauma o fallo del pasado y nos da gratuitamente lo que de­seamos, el experto en el arte de amargarse la vida no se desalienta ni mucho menos. La fórmula «ahora ya es demasiado tarde, ahora ya no quiero», le permite permanecer inaccesible en su torre de marfil de indignación y evitar así que, lamiéndose las heridas infligidas en el pasado, éstas vayan a curar.

Pero el non plus ultra, que naturalmente es cosa de genios, consiste en responsabilizar el pasado incluso del bien, y sacar de ahí un capital a cuen­ta de la desdicha presente. Un ejemplo insupera­ble de esta variante del tema es la sentencia, que ha pasado a la historia, de un marinero veneciano después que marcharon los Habsburgo de Venecia: «¡Malditos austríacos que nos han enseñado a comer tres veces al día!»

4. La llave perdida o «más de lo mismo»

Un borracho está buscando con afán bajo un fa­rol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde: «Mi llave.» Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde: «No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro.»

¿Le parece a usted absurda la historieta? Si es así, busque usted también fuera de lugar. La ven­taja de una tal búsqueda está en que no conduce a nada, si no es a más de lo mismo, es decir, nada.

En estas pocas y simples palabras, más de lo mismo, se esconde una de las recetas de catástrofes más eficaces que jamás se hayan formado sobre nuestro planeta en el curso de millones de años y que han llevado especies enteras de seres vivientes a la extinción. Se trata de un ejercicio con el pasado que ya conocieron nuestros antepasados en el reino animal antes del sexto día de la creación.

A diferencia del mecanismo anterior que atribuye la causa y la culpa a la fuerza mayor de unos sucesos pasados, este ejercicio cuarto se basa en el aferrarse tercamente a unas adaptaciones o soluciones que alguna vez fueron suficientes, eficaces o quizás las únicas posibles. El problema de toda adaptación a unas circunstancias determinadas no es otro que éstas cambian. Entonces es cuando empieza el ejercicio. Está claro que ningún ser viviente puede comportarse con desorden -es de­cir, hoy así y mañana de un modo totalmente dis­tinto- en su medio ambiente. La necesidad vital de adaptarse conduce inevitablemente a la formación de unos modelos de conducta que tienen como objetivo conseguir una supervivencia lo más eficaz y libre de dolor posible. Pero, en cambio, por unos motivos todavía enigmáticos a los mismos investigadores de la conducta, animales y hombres tienden a conservar estas adaptaciones óptimas en unas circunstancias dadas, como si fueran las únicas posibles para siempre. Ello acarrea una obcecación doble: primero, que con el paso del tiempo la adaptación referida deja de ser la mejor posible, y segundo, que junto a ella siempre hubo toda una serie de soluciones distintas, o al menos ahora las hay. Esta doble obcecación tiene dos consecuencias: primera, convierte la so­lución intentada en progresivamente más difícil; y segunda, lleva el peso creciente del mal a la única consecuencia lógica aparentemente posible, esto es, a la convicción de no haber hecho todavía bastante para la solución del mal. Es decir, se aplica más cantidad de la misma «solución» y se cosecha precisamente más cantidad de la misma miseria.

La importancia de este mecanismo para nuestro propósito es evidente. Sin necesidad de recursos especializados, el principiante puede aplicarlo; en realidad está tan difundido que ya desde los días de Freud va ofreciendo buenos ingresos a generaciones de especialistas; de todos modos queremos observar, de paso, que ellos no lo llaman «receta del más de lo mismo», sino neurosis. Pero lo importante no es el nombre, sino el efecto. Éste está garantizado, mientras el aspirante a la vida desdichada se atienda a dos normas sencillas: primera, no hay más que una sola, posible, permitida, razonable y lógica solución del problema, y si estos esfuerzos no consiguen el éxito, ello sólo indica que uno no se ha esforzado bastante. Segunda norma, el supuesto mismo de que sólo hay una solución no puede ponerse nunca en duda; sólo está permitido ir tanteando en la aplicación de este supuesto fundamental.

 

RUSOS Y AMERICANOS

Acaso usted se haya preguntado: pero ¿quién iba a comportarse de un modo tan absurdo como en el ejemplo del hombre que perdió la llave? Sabe perfectamente y hasta lo dice al policía, que lo que busca no está en el lugar donde busca. De acuerdo que sea más difícil buscar en la oscuridad (del pasado) que hallar bajo la bombilla encen­dida (del presente), pero, fuera de esto, el chiste no dice gran cosa.

Muy bien lo ha dicho usted; y ahora dígame: ¿Por qué cree usted que en el chiste se dice que el hombre está borracho? Simplemente, porque el chiste, para meter el intríngulis del asunto, tiene que valerse de este pretexto fútil, para hacer más verosímil que en el hombre algo no funcione bien, que sepa y no sepa.

Reflexionemos sobre este algo. Fue la antropóloga Margaret Mead quien propuso la pregunta capciosa sobre cuál es la diferencia entre un ruso y un americano. El americano, decía ella, tiende a fingir dolor de cabeza para disculparse de una obligación social molesta sin llamar la atención; el ruso, en cambio, necesita tener realmente dolor de cabeza. Aquí, uno no puede más que repetir: ex oriente lux, pues usted concederá que la solución rusa es incomparablemente mejor y más ele­gante. Es verdad que el americano consigue lo que se propone, pero sabe que hace trampa. El ruso se queda en armonía con su conciencia. Tiene la capacidad de producir los motivos de disculpa que necesita sin saber cómo lo hace (y por lo mismo, sin ser responsable de ello). Por decirlo así, su mano derecha no sabe qué hace la izquierda.

En este terreno parece que cada generación produce sus especialistas eminentes; en general, éstos no salen de su anonimato; pero alguna vez que otra trascienden al conocimiento público. Así, por ejemplo, el menos dotado puede admirar en nuestros días dos ejemplares cuyo talento va­mos a esbozar brevemente.

El primero se trata de un tal Bobby Joe Keesee que, según United Press del 29.4.1975, está actualmente cumpliendo una condena de veinte años de prisión por secuestro y asesinato del vicecónsul americano en Hermosillo, México. Cuando los jueces, antes de leer la sentencia, le preguntaron si tenía algo que decir en defensa propia, respondió: «There is nothing more I could say. I got involved in something I realize vas wrong.» Este distanciamiento elegante del hecho difícil­mente puede traducirse. Una versión pasadera de la primera frase podría decir: «No tengo nada que añadir.» La segunda frase ya no es tan simple. «I got involved» puede tener un sentido intencionado o no intencionado, tanto puede significar «me vi envuelto en ello», como «me metí en ello». Pero en uno y otro caso, el busilis está en que el verbo que sigue se use en presente: «I realize», esto es, «algo que (ahora) sé que estaba mal». Con otras palabras: cuando llevó a cabo el crimen, no tenía ideas claras sobre el asunto.

Puede que todo esto no parezca especialmente digno de mención. El asunto se vuelve intere­sante cuando seguimos leyendo y nos enteramos de que Keesee en 1962 desertó del ejército de los EE.UU., secuestró un avión y se dirigió a Cuba. Por este motivo, cuando regresó, fue condenado a dos años de cárcel, a pesar de su afirmación de haberlo hecho por encargo de la CÍA. En 1970 se las arregló para estar entre un grupo de rehenes que unos guerrilleros palestinos tenían confina­dos en Ammán, y, para asombro de todos, en 1973 surgió de un grupo de presos americanos puestos en libertad por los vietnamitas.

El otro caso se refiere a Mike Maryn. Este Mike no es tan aventurero como Bobby, pero consigue meterse en líos con más frecuencia. Se­gún la reseña de un periódico del 28.7.1977 (10), hasta aquel momento había sido atracado 83 ve­ces y cuatro veces le habían robado el coche. Mike Maryn no es propietario de una joyería ni cartero distribuidor de giros postales. Sus agreso­res fueron jóvenes adolescentes, hombres madu­ros y algunas mujeres. Él mismo no tiene la más mínima idea de cómo pudo producirse todo «esto». La policía tampoco sabe explicarlo mejor, si no es que Mike Maryn «en el momento inopor­tuno se encuentra en el lugar inoportuno».

Usted pensará: interesante, pero todavía no sa­bemos cómo se consigue esto. Tenga usted, por favor, un momento de paciencia.

 

LA HISTORIA DEL MARTILLO

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pe­dir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestár­melo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he he­cho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de ha­cerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el ve­cino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «¡Quédese usted con su martillo, so penco!»

El efecto es grandioso y la técnica relativa­mente sencilla, si bien en modo alguno nueva. Ovidio ya la describe en su Ars amatoria (desgraciadamente sólo en sentido positivo): «Persuádete de que estás enamorado, y te convertirás en un amante elocuente... Muchas veces el que empezó fingiendo, acabó amando de veras» (I, 608ss).

Quien pueda poner en práctica la receta de Ovidio, seguramente no tendrá problema en aplicar este mecanismo en el sentido que aquí nos in­teresa. Hay pocas medidas que sirvan mejor para provocar la desdicha que confrontar a algún des­prevenido con el último eslabón de toda una cadena larga y complicada de imaginaciones en las que éste desempeña un papel decisivamente negativo. Su consternación, asombro, presunta incomprensión del caso, disgusto, intentos de de­clararse inocente son los argumentos definitivos de que usted, naturalmente, tenía razón: había depositado su cariño en un indigno y otra vez se abusó de su bondad.

Está claro que hasta la aplicación más perfecta de cada una de estas técnicas tiene sus límites, y la moral de la historia del martillo no constituye ninguna excepción. En este contexto, el soció­logo Howard Higman de la Universidad de Colorado habla de la «particularidad no específica» (non-specific particular) y de su aplicación de re­bote al compañero o consorte. Según él, por ejemplo, las mujeres tienden a preguntar desde una habitación contigua: «¿Qué ha sido esto?» Esperan que el marido se levante y acuda para ver qué pasa, y raras veces se ven defraudadas. Pero un marido, amigo de Higman, volviendo la torti­lla, consiguió dar un nuevo giro a esta situación arquetípica. Estaba sentado en su habitación de trabajo, cuando su mujer se puso a gritar por toda la casa: «¿Ha llegado?» El marido, a pesar de no tener la menor idea de qué se trataba, contestó: «Sí.» Ella siguió inquiriendo: «¿Y dónde lo has metido?» Él respondió: «Con los otros.» Por pri­mera vez en su vida matrimonial pudo trabajar horas enteras sin ser molestado (3).

Volvamos a Ovidio, o mejor, a sus sucesores. En este punto, acude a nuestra memoria ante todo el famoso farmacéutico francés, Émile Goué (1857-1926). Es el fundador de una escuela de autosugestión (lamentablemente de nuevo tergi­versada a lo positivo) que consiste en que uno se meta en la cabeza que se siente mejor y siempre mejor. Pero con algún talento se puede invertir a Goué y poner su técnica al servicio de la des­dicha.

Finalmente llegó la hora de poder dedicarnos a la práctica de lo que se ha explicado hasta aquí. Hemos comprendido que la creación de aquel estado -indispensable para nuestros propósitos- en el que la mano derecha no sabe lo que hace la iz­quierda, es algo que puede aprenderse. A este fin se propone a continuación una serie de ejercicios:

Ejercicio I: Siéntese en una silla cómoda, a ser posible un sillón con brazos; cierre los ojos e imagínese que se está comiendo un limón maduro y jugoso. Con un poco de ejercicio, el limón imaginario pronto hará que realmente se le haga agua la boca.

Ejercicio II: Permanezca sentado en el sillón y con los ojos cerrados. Ahora haga que su atención pase del limón a sus zapatos. No puede pasar mu­cho tiempo, y usted ya empezará a notar lo incómodo que es propiamente esto de llevar zapatos. Tanto da que hasta ahora le hubiese parecido que sus zapatos le iban bien; de pronto notará puntos que aprietan y de improviso se hará consciente de otras molestias como escozores, roces, retorcimiento de los dedos, ardor o frialdad y demás sensaciones parecidas. Siga con el ejercicio hasta que el llevar zapatos, que siempre le había parecido algo evidente y rutinario, se convierta en francamente molesto. Luego cómprese unos zapatos nuevos y observe cómo en la tienda le pa­rece que le van al pelo, pero después de llevarlos un poco producen las mismas molestias que los viejos.

Ejercicio III: Sentado en el sillón, mire por la ventana hacia el cielo. Con alguna habilidad, pronto verá usted en su campo visual un gran número de círculos diminutos como burbujas que con los ojos quietos van bajando lentamente y al parpadear suben rápidos. Observe también que estos círculos le parece que van aumentando en número y magnitud a medida que usted se con­centra en ellos. Pondere la posibilidad de que se trata de alguna enfermedad peligrosa, pues, si es­tos círculos llegasen a llenar todo su campo vi­sual, usted se vería enormemente entorpecido en su vista. Vaya al oculista. Éste intentará explicarle que se trata de unas «moscas volantes» (miiodesopsia) totalmente inofensivas. Entonces, piense que su oculista tenía el sarampión cuando se explicó esa enfermedad a los estudiantes de medicina de su promoción o que por puro amor al prójimo no quiere informarle del curso de su enfermedad incurable.

Ejercicio IV: En caso de que el asunto de las moscas volantes no funcione del todo bien, no es como para perder el ánimo. Nuestros oídos nos prestan una solución de recambio de igual cali­dad. Enciérrese en una habitación lo más silenciosa posible y compruebe que de pronto en sus oídos puede apreciar zumbidos, vibraciones, débiles silbidos o un sonido ininterrumpido. En condiciones normales, los ruidos del ambiente lo encubren; pero, con la diligencia adecuada, usted conseguirá oír el sonido con frecuencia y volúmen creciente. Vaya finalmente al otorrino. A partir de aquí vale lo mismo que se ha dicho en el ejercicio III con la diferencia de que ahora el médico intentará quitar importancia al asunto diciéndole que se trata de un tinnitus normal.

(Nota especial para estudiantes de medicina: para ellos se suprimen los ejercicios III y IV. De todos modos ya están bastante ocupados en des­cubrir en sí mismos los cinco mil síntomas que forman la base del estudio de la diagnosis de la medicina interna, por no hablar de las otras espe­cialidades médicas.)

Ejercicio V: Usted está bastante instruido y sin duda es también una persona de talento capaz de traducir las particularidades desde su propio cuerpo hacia su entorno. Empecemos por los semáforos. Seguramente usted ya ha notado que tienen la tendencia de permanecer verdes hasta que usted llega, y es entonces precisamente cuando pasan de amarillos a rojos, y ya no le permiten arriesgarse a pasar el cruce. Si usted resiste a los influjos de su razón que le sugiere que se encuen­tra tantas veces con semáforos rojos como verdes, el éxito está garantizado. Sin saber cómo, usted conseguirá añadir cada semáforo rojo al número de los infortunios sufridos, en cambio, ignorará los semáforos verdes. Muy pronto no podrá resis­tir a la impresión de que unos poderes enemigos hacen aquí de las suyas y que su influencia de ninguna manera se limita al lugar donde usted re­side, sino que le persiguen incansables a Oslo o a Los Ángeles. En el caso de que usted no conduzca, puede descubrir, como situación sucedá­nea, que la cola que usted hace para la ventanilla de correos o del banco siempre es la más lenta, o que la puerta de salida que le conduce a su avión siempre es la que está situada más lejos de su taquilla.

Ejercicio VI: Ahora usted ya sabe que unos poderes misteriosos le dominan. Este conocimiento le va a posibilitar nuevos descubrimientos, pues su mirada se ha agudizado para advertir unas relaciones asombrosas que escapan a la inteligencia ordinaria, no adiestrada para percibir estas fuerzas. Investigue usted con atención la puerta de su casa hasta que descubra un rasguño en el que antes no se había fijado nunca. Pregúntese qué puede significar: ¿será de algún ladrón?, ¿la señal de un intento de entrar en su casa?, ¿el deseo de tomarla con usted deteriorando su propiedad?, ¿una marca secreta a fin de identificarlo? Resista, también aquí, a la tentación de dar poca importancia al asunto; pero no cometa tampoco la falta de ir al fondo de la cuestión en un sentido prác­tico. Trate el problema de un modo puramente reflexivo, pues toda comprobación de la realidad de su sospecha sería contraproducente para el éxito de este ejercicio.

Si este ejercicio le ha servido para desarrollar su propio estilo y le ha agudizado los sentidos para captar unas relaciones extrañas y misteriosas, pronto usted se dará cuenta de hasta qué punto la trama de un destino fatal envuelve nues­tra vida corriente. Supongamos que usted está es­perando el autobús, que ya hace tiempo que de­bería haber llegado. Usted se entretiene leyendo el periódico, mientras va echando vistazos a la ca­lle. De repente, su sexto sentido le dice: «Ahora viene.» Usted vuelve la cabeza, y efectivamente, a lo lejos se divisa el autobús. Asombroso, ¿no es verdad? Y ello no es más que una muestra insig­nificante de la variedad de clarividencias que poco a poco van formándose en usted, las más importantes de las cuales son las que previenen de toda suerte de desventuras.

Ejercicio VII: Tan pronto como usted esté suficientemente convencido de que se trama algo ne­fasto, consúltelo con amigos y conocidos. No hay método mejor para discernir a los amigos auténticos de los lobos en piel de oveja, que se mezclan en el asunto de un modo solapado. Éstos se delatarán, a pesar de su astucia o precisamente a causa de ella, intentando persuadirle de que sus sospe­chas no tienen pies ni cabeza. Ello no tiene que sorprenderle lo más mínimo, pues ya se entiende que si alguien quiere dañarle, no va a confesarlo sin rebozo. Más bien, éste querrá disuadirle con afectación de sus temores que, según él, son in­fundados e intentará convencerle de sus buenas intenciones de amigo. Con ello usted tiene una pista, no sólo para saber quién está complicado en el complot, sino para ver claro que en todo el asunto tiene que haber gato encerrado, de otro modo, ¿qué necesidad tendrían aquellos «amigos» en esforzarse tanto, para convencerle de lo contrario?

El que se ha aplicado en estos ejercicios, llega a la conclusión de que no sólo el ruso de Margaret Mead, el hombre del martillo o los genios por naturaleza que se han citado, los señores Keesee y Maryn, sino también el ciudadano medio, debida­mente adiestrado, puede conseguir llegar a este punto de haberse creado una situación difícil sin saber cómo lo ha hecho. Desamparado en manos de los vaivenes de la fortuna insensible, puede us­ted, completamente seguro, amargarse la vida a sus anchas. Sigue, no obstante, una advertencia.

 

LOS GUISANTES EN LA MANO

Naturalmente, este conocimiento de unos mundos superiores no es tan sencillo y no hay que ex­cluir la posibilidad de fallos. El más fatal de todos constituye el quid de la historia que sigue:

En su lecho de muerte, una mujer joven hace ju­rar al marido que no se comprometerá con ninguna otra mujer. «Si faltas a tu promesa, vendré en espíri­tu y no te dejaré vivir tranquilo.» El marido, al principio, mantiene su palabra, pero, al cabo de unos meses, conoce a otra mujer y se enamora de ella.

Muy pronto empieza a aparecérsele un espíritu cada noche que le acusa de haber faltado a su juramento. Para el hombre no hay duda de que se trata de un espíritu, pues el fantasma nocturno no sólo está informado de todo lo que pasa cada día entre él y su nueva amiga, sino que también conoce exactamente sus pensamientos, esperanzas y sentimientos. Como la situación se le hace insoportable, el hombre decide ir a pedir consejo a un maestro de zen.

«Vuestra primera mujer se ha convertido en es­píritu y sabe todo lo que vos hacéis», le declara el maestro. «Todo lo que vos hacéis o decís, todo lo que dais a vuestra prometida, él lo sabe. Tiene que ser un espíritu muy sabio. En verdad, ten­dríais que admiraros de un tal espíritu. Cuando se os aparezca de nuevo, haced un trato con él. De­cidle que sabe tanto que vos no le podéis ocultar nada y que vais a romper vuestro compromiso, si puede contestaros a una sola pregunta.»

«¿Qué pregunta he de hacerle?», dice el hombre.

El maestro responde: «Tomad un buen puñado de guisantes y preguntadle por el número exacto de guisantes que tenéis en la mano. Si no os sabe responder, sabréis que el espíritu no es más que un producto de vuestra imaginación y ya no os molestará más.»

Cuando a la noche siguiente apareció el espíritu de la mujer, el hombre lo aduló diciéndole que lo sabía todo.

«Efectivamente», respondió el espíritu, «y sé que hoy has ido a ver al maestro zen».

«Y ya que sabes tanto», prosiguió el hombre, «dime cuántos guisantes tengo en la mano».

Y ya no hubo espíritu alguno para responder a esta pregunta (18).

Vea usted, me refería precisamente a esta especie de corto circuito, cuando antes advertía que un problema como éste ha de ser cultivado y seguido de un modo puramente reflexivo y que toda comprobación de la realidad sería contra­producente para el éxito de la empresa. Si usted llegara al extremo de que su desesperación e in­somnio hacen que vaya a ver al equivalente moderno de un maestro de zen, acuda usted entonces al menos a uno que no tenga ninguna estima por soluciones de este tipo. Consulte usted más bien a un descendiente de la mujer de Lot, que le hará practicar el ejercicio número 2 con el pasado (v. pág. 33) conduciéndole a la búsqueda, prácticamente inacabable, de los fundamentos del pro­blema a base de las experiencias que usted hizo en su más tierna infancia.

 

EL HOMBRE QUE ESPANTABA ELEFANTES

En los últimos capítulos se ha tratado la manera de desarrollar la capacidad de hacer que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Ahora vamos a tratar exactamente de lo contrario: no de la creación de un problema, sino de cómo evitarlo, a fin de que perdure.

El modelo típico de este menester se expresa en la historia del hombre que daba una palmada cada diez segundos. Uno le pregunta por el mo­tivo de tan extraño proceder. El hombre responde: «Para espantar los elefantes.»

«¿Elefantes? Pero si aquí no hay ninguno.»

Replica: «Y pues, ¿ve usted?»

La moraleja de la historia es que rechazar o eludir una situación peligrosa de buenas a primeras parece ser la solución más razonable, pero, por otra parte, también garantiza la permanencia del problema. Aquí está su interés para nuestro propósito. Otro ejemplo para que se vea más claro: si por medio de una plancha metálica en el suelo del establo se aplica un electroshock a un casco de un caballo e inmediatamente antes se hace sonar una señal acústica, el caballo va a levantar la pata para evitar la descarga. Una vez establecida la asociación entre señal acústica y shock, el shock ya no es necesario: basta la señal acústica para que el caballo levante la pata. Y cada uno de estos actos de evitación refuerza en el animal (podemos suponer) la «convicción» de que de este modo ha contribuido eficazmente a evitar un peligro doloroso. Lo que no sabe el caballo (y de seguir comportándose así no lo sabrá nunca) es que ya hace tiempo que no hay peligro alguno.

Como usted ve, no se trata aquí de una superstición vulgar. Es notorio que uno no pueda fiarse de los actos supersticiosos; en cambio la eficacia de la evitación merece toda la confianza del aspirante a la vida desdichada. Hay que añadir que la aplicación de la técnica es mucho más simple de lo que puede parecer a primera vista. Se trata esencialmente de perseverar de un modo consecuente en el sentido común de los hombres, ¿qué cosa podría ser más razonable?

Nadie pondrá en duda que una gran porción de lo que hacemos cada día tiene un elemento de peligro. ¿A cuánto peligro puede uno arriesgarse? Razonablemente al mínimo o mejor a ninguno. Incluso los más audaces considerarán temerario al boxeador o al que se lanza al espacio con unas alas delta. ¿Y conducir? Piense cuántas personas mueren cada día o se quedan inválidas en acci­dentes de circulación. Pero ir a pie también tiene muchos peligros, que pronto descubre la mirada indagadora de la razón. Carteristas, gases de los tubos de escape, casas que se derrumban, tiroteos entre atracadores de bancos y la policía, partículas incandescentes de las sondas espaciales ameri­canas o soviéticas..., la lista no tiene fin, y sólo un loco puede exponerse alegremente a estos peligros. Entonces lo mejor es quedarse en casa. Pero la seguridad de la casa no es más que relativa. Es­caleras, contingencias del cuarto de baño, estado resbaladizo del suelo o pliegues de las alfombras, o simplemente, cuchillo, tenedor, tijeras y luz, y no hablemos de gas, agua caliente y electricidad. La única conclusión razonable parece ser que más valdría no levantarse de la cama por la mañana. Pero ¿qué protección ofrece la cama contra un terremoto? ¿Y si por estar acostado le vienen a uno úlceras de encentamiento (decubttus)?

Cierto que exagero. Sólo muy pocos entre los más aventajados consiguen llegar a ser tan razonables que comprenden todos los peligros imaginables y empiezan a evitarlos (incluyendo contaminación del aire, corrupción del agua, colesterina, triglicerida, sustancias carcinógenas en los alimentos y otros muchos peligros y toxinas).

El hombre medio no logra en general abrir su razón a esta mirada exhaustiva del mundo, evitando cada uno de los peligros y convirtiéndose de este modo en beneficiario al ciento por ciento del Seguro Social. Nosotros, los menos dotados, tenemos que conformarnos con un éxito parcial que, no obstante, ya es algo. Ello consiste en la aplicación concentrada del sentido común a un problema parcial: uno puede lesionarse con los cuchi­llos, por tanto hay que evitarlos; los pomos de las puertas están realmente cubiertos de bacterias. ¿Quién sabe, si a la mitad del concierto sinfónico no se sentirá la necesidad urgente de ir al lavabo, o si al asegurarse de haber cerrado bien la puerta de casa no la habrá dejado abierta por equivocación? Para esto, el hombre razonable evita los cuchillos, abre las puertas con el codo, no va al concierto y se cerciora cinco veces de haber cerrado realmente la puerta. De todos modos, la condición es que poco a poco uno no se acostumbre y no pierda de vista el problema. La historia que sigue enseña cómo puede evitarse esto.

Una solterona vive a la orilla de un río y se queja a la policía de que unos jovenzuelos se bañan desnudos delante de su casa. El inspector manda a un subalterno que diga a los chicos que no se bañen delante de la casa, sino río arriba donde ya no hay casas. Al cabo de unos días, la dama llama de nuevo por teléfono: los jóvenes nadan todavía al alcance de la vista. El policía vuelve y los manda más arriba. Unos días después, la señora indignada acude otra vez al ins­pector y se queja: «Desde la ventana del desván todavía puedo verlos con unos prismáticos.»

Uno puede preguntarse: ¿Qué hará la dama, cuando finalmente ya no pueda ver a los chicos desde su casa? Tal vez dará un paseo río arriba, o tal vez le baste la seguridad de que en alguna parte hay quien se baña desnudo. Lo cierto es que seguirá dando vueltas a la idea. Y lo más importante en una idea fija es que es capaz de crear su propia realidad. Este fenómeno será de nuestra ocupación próxima.

 

AUTOCUMPLIMIENTO DE LAS PROFECÍAS

En el periódico de hoy, su horóscopo le advierte (y también aproximadamente a 300 millones más que nacieron bajo el mismo signo del Zodíaco) que usted puede tener un accidente. En efecto, a usted le pasa algo. Por tanto, será verdad que la astrología tiene gato encerrado.

O ¿cómo lo ve usted?, ¿está usted seguro de que también le habría ocurrido un accidente, si no hu­biese leído el horóscopo?, ¿si usted estuviese real­mente convencido de que la astrología es un bulo craso? Naturalmente, esto no puede explicarse a posteriori.

Es interesante la idea del filósofo Karl Popper que dice —simplificando mucho- que la profecía horrenda del oráculo a Edipo se cumplió precisa­mente porque éste la conocía e intentó esqui­varla. Y justo lo que hizo para escaparse de ella, fue lo que llevó al cumplimiento de lo que había dicho el oráculo.

Si ello es así, aquí tendríamos otro efecto de la evitación, es decir, su virtud de atraer en deter­minadas circunstancias justamente lo que pretende evitarse. ¿Qué circunstancias son éstas? Primero, una predicción en el sentido más amplio: cualquier expectación, temor, convicción o simple sospecha de que las cosas evolucionarán en este sentido y no en otro. Hay que añadir que dicha expectación puede ser desencadenada tanto desde fuera, por ejemplo, por personas ajenas, como por algún convencimiento interno. Segundo, la expectación no ha de verse como expectación sino como realidad inminente contra la que hay que tomar enseguida unas medi­das para evitarla. Tercero, la sospecha es tanto más convincente cuanto más personas la compartan o cuanto menos contradiga otras sospechas que el curso de los acontecimientos ha ido demostrando.

Así, por ejemplo, basta la sospecha -con o sin fundamento, no tiene importancia- de que los otros cuchichean o se burlan en secreto de uno. Ante este «hecho», el sentido común sugiere no fiarse de los otros. Y como, naturalmente, todo sucede detrás de un velo tenue de disimulo, se aconseja afinar la atención y tomar en cuenta hasta los indicios más insignificantes. Sólo hace falta esperar un poco y pronto puede uno sor­prender a los otros cuchicheando y disimulando sus risas, guiñando el ojo e intercambiando signos conspiradores. La profecía se ha cumplido.

De todos modos, este mecanismo funciona realmente sin fallos, si usted no ajusta las cuentas consigo mismo de la contribución que usted haya aportado al caso. Después de lo que usted ha aprendido en los capítulos anteriores, esto no le parecerá muy difícil. Además, una vez que el mecanismo se ha puesto en marcha, ya no se puede comprobar más ni tiene interés alguno averiguar qué fue lo primero: si su conducta desconfiada fue la que provocó las risas de los otros o si las ri­sas de los otros le hicieron a usted desconfiado.

Las profecías autocumplidas crean una deter­minada realidad casi como por magia y de aquí viene su importancia para nuestro tema. No sólo ocupan un lugar fijo de preferencia en el repertorio de cualquier aspirante a la vida amargada, sino también en ámbitos sociales de más enverga­dura. Si, por ejemplo, se impide a una minoría el acceso a ciertas fuentes de ingresos (pongamos, por caso, a la agricultura o a cualquier oficio manual), porque, en opinión de la mayoría, es gente holgazana, codiciosa o sobre todo «no integrada», entonces se les obliga a que se dediquen a ropavejeros, contrabandistas, prestamistas y otras ocupaciones parecidas, lo que, «natural­mente», confirma la opinión desdeñosa de la mayoría. Cuanto más señales de stop ponga la policía, más transgresores habrá del código de circulación, lo que «obliga» a poner más señales de stop. Cuanto más una nación se siente amenazada por la nación vecina, más aumentará su potencial bélico, y la nación vecina, a su vez, considerará urgente armarse más. Entonces el estallido de la guerra (que ya se espera) es sólo cuestión de tiempo. Cuanto más alta es la tasa de impuestos en un país, para compensar así los defraudes de los contribuyentes, que, naturalmente, ya se su­pone de antemano no van a ser sinceros, más oca­sión se da a que también los ciudadanos honestos hagan trampa. Si un número suficiente de perso­nas cree un pronóstico que dice que una mercancía determinada va a escasear o a aumentar de precio (tanto si «de hecho» es verdad como si no lo es), vendrán compras de acaparamiento, lo que hará que la mercancía escasee o aumente de precio.

La profecía de un suceso lleva al suceso de la profecía. La única condición es que uno se profe­tice o deje profetizar y que luego lo considere un hecho con consistencia propia, independiente de uno mismo o inminente. De este modo se llega exactamente allí donde uno no quería llegar. Con todo, el especialista sabe cómo evitar que llegue. De ello vamos a hablar acto seguido.

 

CUIDADO CON LA LLEGADA

It is better to travel hopefully than to arrive, escribe R. L. Stevenson citando un sabio adagio japonés. La traducción literal es naturalmente: es mejor viajar lleno de esperanzas, que llegar; y quiere de­cir que la felicidad está en la salida y no en la meta.

Claro está que los japoneses no son los únicos que sienten desazón por la llegada. Lao-tse ya re­comendaba olvidar el trabajo una vez acabado. También George Bernard Shaw toca este tema en su famoso aforismo, plagiado con frecuencia: «En la vida hay dos tragedias. Una es el no cumpli­miento de un deseo íntimo; la otra es su cumplimiento.» El seductor de Hermann Hesse suplica a la personificación de sus anhelos: «Defiéndete, mujer hermosa, entesa tu porte. Cautiva, ator­menta; pero no me escuches»; pues él sabe «que toda realidad destruye el sueño». No tan poético, pero con más detalles, el contemporáneo de Hesse, Alfred Adler, se engolfó en este problema.

Su obra, cuyo descubrimiento llega con retraso, entre otros temas, se ocupa con detalle del estilo de vida del que está en viaje permanente y pone sumo cuidado en no llegar nunca.

Una versión muy libre de Adler podrían ser las reglas siguientes para un ejercicio con el futuro: llegar -que tanto literal como metafóricamente indica la consecución de un objetivo- se tiene como señal importante de éxito, poder, reconocimiento y autoaprecio. Lo contrario, fracaso o incluso vida ociosa, se tiene como señal de estupidez, holgazanería, falta de responsabilidad o cobardía. Pero el camino del éxito es penoso, pues uno tiene que empezar por esforzarse y aun así no es seguro que la empresa no acabe mal. Por esto, en vez de emprender una política trivial de «pasos cortos» e imponerse unos objetivos modes­tos y razonables, se aconseja fijar el objetivo muy alto, que cause admiración.

Mis lectores adivinarán sin duda las ventajas de esta táctica. El afán de Fausto, la búsqueda de la flor azul, la renuncia ascética a las satisfacciones más bajas de la vida, se cotiza mucho en nuestra sociedad y hace palpitar más fuerte los corazones maternales. Y, sobre todo, si el objetivo está lejos, hasta el más tonto comprende que su camino será largo y fatigoso y que los preparativos del viaje se­rán minuciosos y exigirán mucho tiempo. ¡Que se atreva uno a criticar que todavía no se haya em­prendido la marcha! Con todo, se está menos ex­puesto a la crítica, si una vez en camino, uno se desvía o ronda en círculo o incluye pausas en la marcha. Al contrario, extraviarse en el laberinto y naufragar en empresas sobrehumanas ha sido el sino de héroes ejemplares, a cuya luz entonces uno también resplandece un poquito.

Pero esto no es todo, ni mucho menos. La llegada a la meta más augusta trae consigo el peligro que es el común denominador de las citas aludidas al principio, esto es, el desasosiego. El experto de la vida desdichada tiene conocimiento de este peligro, tanto da que tenga o no tenga conciencia clara de ello. La meta todavía no al­canzada -así parece haberlo dispuesto el creador de este mundo— es más apetecible, romántica, trasfigurada como nunca puede serlo la que ya se ha alcanzado. No pretendamos vender gato por liebre: en la luna de miel se acaba la miel antes de lo previsto; al llegar a la ciudad lejana y exótica, el taxista ya está al acecho para tomarnos el pelo; su­perar con éxito el examen decisivo es mucho me­nos impresionante que la invasión complementa­ria e inesperada de complicaciones y quebraderos de cabeza; y hablar de la serenidad del crepúsculo de la vida después de la jubilación, como se sabe, no es para tanto.

¡Pamplinas!, dirán los más impetuosos, quien se conforma con unos ideales tan delicados y anémicos bien merece que al fin reciba un desengaño. ¿Acaso no se da el amor apasionado que al desahogarse se supera a sí mismo? ¿No se da la ira sagrada que empuja al acto embriagador de la venganza por la injusticia y que instaura de nuevo la justicia en este mundo? ¿Quién puede aquí ha­blar todavía del «desasosiego» de la llegada?

Lo malo es que, aun con esto, son muy pocos los que consiguen «llegar». Y si alguien no lo cree, que lea lo que un personaje tan privilegiado como George Orwell dice sobre el tema «la venganza es amarga». Se trata de unas reflexiones de una honradez tan profunda y de una sabiduría tan reconciliadora, que propiamente no deberían figurar en un arte de amargarse la vida. Espero que el lector me perdone si a pesar de ello las menciono, es que vienen muy a propósito de lo que tratamos.

En 1945, Orwell, en calidad de corresponsal de guerra, visitó, entre otras cosas, un campamento para criminales de guerra. Allí fue testigo de como un joven judío de Viena daba una descomunal patada al pie magullado, hinchado y de­forme de un preso que había ocupado un cargo importante en el departamento político de la SS.

«Sin duda (el agredido) había tenido campos de concentración bajo su mando y había ordenado torturar y ahorcar. En pocas palabras, él representaba todo aquello que habíamos combatido durante cinco años...

»Es absurdo reprochar a un judío alemán o austríaco que devuelva a los nazis el mal sufrido. Sabe el cielo las cuentas que este joven quería ajustar; es muy probable que toda su familia fuese asesinada; y, al fin y al cabo, hasta un fuerte puntapié a un preso es algo insignificante comparado con los horrores cometidos por el ré­gimen de Hitler. Pero esta escena y muchas otras que vi en Alemania pusieron de manifiesto ante mis ojos que toda esta idea de represalias y castigos es una imaginación pueril. Propiamente no existe esto que llamamos represalia o venganza. La venganza es algo que uno quisiera realizar cuando y porque uno se siente impotente: tan pronto como se elimina esta sensación de impotencia, desaparece también el deseo de venganza.

»¿Quién no habría saltado de alegría en 1940 sólo de pensar que podría ver a oficiales de la SS pisoteados y humillados? Pero cuando ello se ha convertido en posible, su puesta en práctica ad­quiere un aspecto patético y repugnante.»

Y luego, en el mismo ensayo, Orwell cuenta que, pocas horas después de la toma de Stuttgart, entró en la ciudad con un corresponsal belga. El belga -¿quién podría echárselo en la cara?— repudiaba a los alemanes con más aspereza que los ingleses o americanos.

«...Tuvimos que pasar por un puente estrecho de peatones que los alemanes por lo visto habían defendido encarnizadamente. Un soldado caído estaba al pie de la escalera del puente tendido boca arriba. Su rostro tenía un color amarillento de cera...

»E1 belga apartó la vista cuando pasamos a su lado. Casi al final del puente, me confesó que éste era el primer muerto que había visto en su vida. Tendría unos treinta y cinco años y había hecho propaganda de guerra cuatro años a través de la radio.»

Esta única experiencia de «llegada» fue decisiva para el belga. Su actitud frente a los boches cambió de raíz:

«...Cuando se despidió, dio a los alemanes de la casa donde estuvimos alojados el resto del café que habíamos traído. Seguramente, una semana antes se hubiera escandalizado de pensar que iba a regalar café a un boche. Pero sus sentimientos cambiaron del todo -así me lo dijo- a la vista de aquel pauvre mort al pie de la pasarela: de repente tomó conciencia de la gravedad de la guerra. Si, por casualidad, hubiésemos tomado otro camino para entrar en la ciudad, a lo mejor se habría ahorrado esta experiencia de ver a un único muerto de los -quizas- veinte millones que esta guerra tuvo por resultado.»

Pero volvamos a nuestro tema. Si ni siquiera la venganza es dulce, mucho menos lo será la lle­gada a la supuesta meta feliz. Por este motivo: cuidado con la llegada. (Nota marginal: ¿Por qué cree usted que Thomas More dio a la isla lejana de la felicidad el nombre de Utopia, que significa «en ninguna parte»?

 

SI ME AMASES DE VERAS, COMERÍAS AJO DE BUEN AGRADO

L'enfer, c'est les autres (el infierno lo son los otros). Éstas son las palabras del acto final de la obra de teatro de Sartre, A puerta cerrada. Si us­ted, querido lector, tiene la impresión de que hasta ahora no se ha tocado ni de soslayo este tema, de que hasta ahora principalmente nos he­mos ocupado de la desdicha, por decirlo así, por cuenta propia, tiene usted propiamente razón. Es hora de que nos fijemos en el infierno barroco de las relaciones entre los hombres.

Intentemos abordar el tema con un cierto rigor metódico. Ya hace 70 años que Bertrand Russell apuntó que las afirmaciones sobre objetos tenían que distinguirse cuidadosamente de las afirma­ciones sobre relaciones. «Esta manzana es roja» es una afirmación sobre una propiedad de esta manzana. «Esta manzana es mayor que aquélla» es una afirmación que se refiere a la relación entre dos manzanas y por lo tanto no tiene que ver única­mente con una o con la otra. La propiedad de ser mayor no es una propiedad de ninguna de las dos manzanas, y sería absurdo atribuirla a una de las dos.

Más tarde, el antropólogo e investigador de la comunicación, Gregory Bateson, aprovechó esta distinción importante y la desarrolló más. Comprobó que toda comunicación contiene siempre los dos tipos de afirmaciones, esto es, tiene un plano objetivo y otro de relación. De este modo, este científico nos ayuda a comprender mejor el camino más rápido de llegar a tener problemas con un compañero -el que sea, pero cuanto más propio mejor-. Supongamos que una mujer pregunta a su marido: «Este caldo está hecho según una receta que no había probado nunca, ¿te gusta?» Si le gusta, puede responder simplemente «sí», y ella se alegrará. Pero si no le gusta, y además no le importa causar un desengaño a su mu­jer, puede responder simplemente «no». Pero la situación (estadísticamente más frecuente) es problemática cuando encuentra la sopa horrible, pero no quiere desilusionar a su mujer. En el mencionado plano objetivo (es decir, el que se refiere al objeto «sopa»), la respuesta tendría que ser «no». En el plano de relación tendría que responder «sí», pues no quiere ofenderla. Su res­puesta no puede ser «sí» y «no». Así que intentará alguna forma de salir de apuros, diciendo, por ejemplo: «Tiene un gusto interesante», con la esperanza de que su mujer entienda correctamente lo que quiere decir. Las probabilidades son escasas. Más bien se recomienda seguir el ejemplo de un marido conocido mío que al regresar del viaje de novios, para el primer desayuno en su nuevo hogar, encontró que su mujer había puesto sobre la mesa una caja de las grandes de corn flakes, su­poniendo con la mejor intención (en el plano de relación), pero erróneamente (en el plano obje­tivo), que a él le encantaría comerlo. Él no quiso disgustarla y se propuso tragar el producto en nombre de Dios y al terminar la caja pedir a su mujer que no comprara más. Pero, como esposa eficiente, antes de que la primera caja estuviese vacía, ella ya tenía la segunda a punto. Hoy, dieci­séis años más tarde, él ya ha perdido la esperanza de poder decir a su mujer con los debidos miramientos que odia los corn flakes. Es fácil imaginarse cómo reaccionaría ella.

En este sentido hay lenguas que se prestan más a la ambigüedad, por ejemplo, el inglés o el italiano. «Would you like to take me to my plane tomorrow morning?» (¿quién va por placer al aero­puerto a las 6 de la mañana?); o «Ti dispiacerebhe far la cena stasera?» (es evidente que no siento un arrebato de entusiasmo si, al llegar a casa después del trabajo, todavía tengo que meterme a coci­nar); son ejemplos clásicos. Ya sé, la respuesta «correcta» debería referirse por separado a los dos planos de comunicación y decir, por ejemplo: «No, ir al aeropuerto en sí no me atrae en abso­luto; pero por complacerte lo haré con gusto.» A estas horas, usted seguramente ya sospecha la importancia que tiene este modelo de comu­nicación para nuestro propósito. Pues, incluso en el caso de que uno consiga responder en la forma indicada (¿y quién se expresa de un modo tan amanerado?), el otro puede convertir la si­tuación declarando que sólo querrá aceptar el fa­vor, si el primero está dispuesto a llevarle al aeropuerto, también con gusto. Y por muchos ro­deos que éste dé al asunto, no se saldrá del em­brollo de plano objetivo y de relación. Al final de este debate infructuoso estarán rabiando uno contra el otro. Como usted ve, la receta es relati­vamente sencilla una vez se ha captado la dife­rencia entre estos dos planos de comunicación y uno está en condiciones de enmarañarlos, no por equivocación, sino adrede. Uno de los ejemplos más edificantes que conozco es la confusión, que sirve de título del capítulo, entre ajo y amor.

La razón de que estas confusiones resulten fáci­les incluso a los principiantes, está en la dificultad que conllevan las afirmaciones en el plano de la relación. Sobre objetos -inluido el ajo— es relativamente fácil hablar, pero ¿sobre el amor? Pruébelo usted sólo una vez con seriedad. Tan cierto como un chiste pierde toda su gracia si se explica, también el discursar sobre las formas de relación humana aparentemente más normales lleva casi inevitablemente a problemas de siempre mayor tamaño. Como hora más adecuada para tales «co­loquios» se recomienda ya entrada la noche. A las tres de la madrugada, aquel tema, a primera vista tan simple, se ha desfigurado hasta convertirse en irreconocible y los dos interlocutores ya han ago­tado su paciencia. Luego, es imposible que concilien el sueño.

Como perfeccionamiento de esta técnica se ofrece una especie determinada de preguntas y una categoría especial de exigencias. Un ejemplo deslumbrante de lo primero sería: «¿Por qué estás enfadado conmigo?», cuando el interpelado no tiene la menor idea de estar enfadado con el preguntador ni con nadie. Pero la pregunta supone que el preguntador está mejor informado que el preguntado sobre lo que este último trama en su cabeza y que la respuesta «pero, si no estoy enfadado contigo» es simplemente mentira. Esta téc­nica también se conoce con los nombres de «leer los pensamientos» o «clarividencia» y es tan eficaz porque permite discutir sobre el humor que tiene uno y sus efectos hasta el día del juicio final, y porque decirle a uno que tiene unos pensamientos negativos pone rápidamente al rojo vivo a la mayoría de los mortales.

El otro truco consiste en hacer reproches al otro con tanta violencia como ambigüedad. Si éste pretende no saber qué quiere usted decir, en­tonces puede usted cerrar el caso herméticamente dando esta pista adicional: «Si no fueses como eres, no tendrías necesidad de preguntarme. El hecho de que ni siquiera sepas de qué te hablo, muestra a las claras qué mentalidad tienes.» Ya que hablamos de mentalidad: en el trato con los llamados enfermos mentales, ya hace tiempo que se aplica este método con gran éxito. En los casos contadísimos en los que el afectado se atreve a exigir sin ambages que le den información clara sobre en qué consiste su locura a juicio de los otros, la pregunta se puede tergiversar como un nuevo argumento a favor de su demencia: «Si no estuvieses loco, sabrías qué queremos decir.» La genialidad de una respuesta como ésta causa asombro al laico y admiración al especialista: el mismo intento de poner las cosas en claro, en un santiamén, se interpreta en sentido contrario. Es decir, el otro es tenido por loco, si calla y admite la afirmación de relación: «nosotros somos normales, tú eres loco»; y también es tenido por loco, si pre­gunta. Después de esta incursión fracasada al en­torno humano, a uno no le queda más que arran­carse los cabellos de pura rabia o sumirse de nuevo en el silencio. Pero así no hace más que confirmar que está loco de remate y que los otros tenían ra­zón. Lewis Carrol ya describió muy bien este me­canismo en Alicia a través del espejo. La reina ne­gra y la reina blanca acusan a Alicia de querer negar algo y lo atribuyen a su estado mental:

«Pero esto no querrá decir...», empezó Alicia; la reina negra la interrumpió:

«Aquí está precisamente lo triste. Tendría que querer decir. De lo contrario, ¿para qué crees que un niño tiene que ser bueno, si no significa nada? Hasta un chiste significa algo. Una niña es algo más que un chiste, al menos así lo espero. Esto no lo podrías discutir, ni que utilizaras las dos manos para ello.»

«Para discutir, no utilizo las manos», objetó Alicia.

«Nadie lo afirma», dijo la reina negra: «sólo he dicho que no lo podrías, si las utilizaras».

«Está en un estado», dijo la reina blanca, «de te­ner ganas de discutir algo, pero no sabe exacta­mente qué».

«Un carácter malicioso, perverso», observó la reina negra. Y a continuación se hizo un silencio largo, embarazoso (1),

En los establecimientos que se consideran competentes para el tratamiento de estos estados, se da oportunidad de aplicar esta técnica con éxito. Se propone a elección del llamado paciente que decida según su criterio, si quiere o no tomar parte en sesiones de grupo. Si dice: «gracias, no», se le pide con aire altruista y serio que dé sus razones. Lo que diga es bastante indiferente, pues en todo caso será una manifestación de su resistencia y, por tanto, patológico. En definitiva, la participación en la terapia de grupos es la única alternativa viable, pero debe guardarse mucho de dar a entender que no tuvo más remedio que aceptar, pues ver de este modo su propia situa­ción significaría una nueva resistencia y falta de juicio. Así pues, tiene que querer participar «espontáneamente», y, a su vez, con su participación, admite estar enfermo y necesitado de terapia. En los grandes sistemas sociales con carácter de manicomios, este método es conocido bajo el nom­bre irrespetuoso y reaccionario de «lavado de cerebro». Estas indicaciones ya se salen del marco modesto de nuestro tratado, por ello, volvamos al tema.

Un factor eficaz de interferencia en las relacio­nes consiste en dar al otro sólo dos posibilidades de elección, y, tan pronto como se ha decidido por una, culparle de no haber escogido la otra. En la ciencia de la comunicación, este mecanismo es conocido con el nombre de «ilusión de las alter­nativas» y su esquema fundamental simple es: si hace A, debería haber hecho B, y si hace B, debe­ría haber hecho A. Un ejemplo muy claro de ello está en los consejos ya citado de Dan Greenburg a las madres judías (5, pág. 16; sobre este concepto véase también la nota de la página 25):

«Regale a su hijo Marvin dos camisas de deporte. Cuando por primera vez se ponga una de las dos, mírele con tristeza y dígale: ¿No te gusta la otra?»

Hay que decir que la mayoría de los adolescentes son especialistas por naturaleza en esta mate­ria y consiguen sin esfuerzo volver la tortilla. En la zona indefinida entre la infancia y la edad adulta, es pan comido para ellos conseguir que sus padres les reconozcan la libertad que es propia de los más adultos; en cambio, si se trata de obligaciones, siempre pueden valerse del pretexto de ser para ello demasiado jóvenes. Si entonces el padre o la madre rechinando los dientes dicen que mejor hubiera sido no tener más hijos, fá­cilmente se les puede acusar de ser unos padres desnaturalizados. En cierta manera, esto re­cuerda la canción deliciosa del cabaretista vienés, Gerhard Bronner, sobre el motorista im­berbe y rebelde: «...la verdad es que no tengo la menor idea de adonde voy, pero, en cambio, llegaré más pronto...»

Psiquiatras y psicólogos no saben explicar por qué todos tendemos a caer en la trampa del mecanismo de las alternativas, cuando, en general, no tenemos problema en rechazar una u otra alternativa individualmente, esto es, cuando nos las presentan por separado. Hay que aprender a aprovechar este hecho de la experiencia, si uno quiere dedicarse a complicar las relaciones.

He aquí unos ejercicios sencillos para principiantes:

1. Pida usted a alguien que le haga un favor. Tan pronto como se disponga a hacerlo, pídale rápidamente que haga algo distinto. Como no podrá hacer las dos cosas a la vez, sino una des­pués de la otra, la victoria ya es de usted: si quiere llevar a cabo la primera que ha empezado, usted puede quejarse de que deja sin aten­der la segunda, y al revés. Si se enfada por ello, puede usted expresarle su disgusto de que última­mente esté de tan mal humor.

2.          Diga o haga usted algo que tanto pueda tomarse en serio como en broma. Después inculpe al otro, según como haya reaccionado, de tomarse en broma las cosas serias o de no tener ningún sentido por el humor.

3.          Pida usted a su consorte que lea esta página advirtiéndole que en ella se describe exactamente la actitud que adopta respecto a usted. En el caso poco probable de que le dé la razón, habrá confesado una vez para siempre sus manipulaciones en la relación con usted. En el caso mucho más pro­bable de que rechaze su afirmación, usted también habrá ganado. Es decir, puede demostrarle usted que (con su rechazo) precisamente lo ha he­cho otra vez, diciéndole, por ejemplo: «Si acepto tus manipulaciones sin decir nada, me manipulas todavía más; si, como ahora, te llamo la atención, me manipulas afirmando que no me manipulas.»

Esto no son más que unos ejemplos fáciles. Los aspirantes a la vida desdichada que estén real­mente dotados, pueden llevar adelante esta técnica hasta intrincadas distinciones bizantinas, de modo que, al final, el consorte llegue a preguntarse con seriedad, si no será verdad que real­mente ha perdido el tino. En todo caso, acabará por darle vueltas la cabeza. Con esta práctica no

sólo se demuestra la propia honradez y cordura, sino también uno se procura el mismísimo cuerno de la abundancia lleno de desdichas.

También resulta útil exigir una serie de aseveraciones graduales de manera que tan pronto se ha afirmado una, se pone en duda en el grado má­ximo superior. En el libro ya citado de Laing, Knots (9), se encuentran ejemplos magistrales de ello. Aquí, la palabra «realmente» desempeña un papel decisivo. El siguiente ejemplo está tomado de él:

«¿Me quieres?»

«Sí.»

«¿Realmente?»

«Sí, realmente.»

«Pero ¿realmente realmente?»

Lo que sigue después, seguramente ya son rui­dos de la jungla. Y ya que estamos con Laing, es recomendable mencionar otra táctica:

Dicha y felicidad, como ya dije en la introducción, son difíciles de definir positivamente, si es que ello es posible. Pero ello no ha impedido a ningún dechado de virtud atribuir a la felicidad un significado negativo. Como es sabido, el lema no oficial del puritanismo dice: «Puedes hacer lo que quieras, mientras no te agrade.» Algo diferente, pero no tanto, lo expresaba uno de los par­ticipantes en el debate televisivo (que también hemos citado en la introducción): «Creo que no está permitido hablar de felicidad en la situación actual del mundo» (11, pág. 12). El participante no dice en qué época de la historia la situación actual del mundo no fue o no será también una situación actual. Admito que a uno le pese ale­grarse de un vaso de agua fresca, cuando al mismo tiempo, por ejemplo, en Beirut occidental, medio millón de inocentes de la población civil se mueren de sed. Pero incluso si algún día sonase un estallido de felicidad en todo el mundo, el pe­simista virtuoso todavía distaría mucho de perder los ánimos. Siempre tiene la posibilidad de echar mano de la receta de Laing recriminando al con­sorte que se alegra inocentemente. «¿Cómo puede esto divertirte, cuando Cristo murió por ti en la cruz? ¿Acaso él estaba divirtiéndose?» (9, pág. 2). El resto es un silencio perplejo.

 

«SÉ ESPONTÁNEO»

La verdad es que las variaciones que acabamos de mencionar sobre el tema «amor y ajo» en el fondo son una escaramuza inofensiva comparadas con la explosividad que contiene -por más que no lo parezca- el simple pedir a los otros que se comporten de un modo espontáneo. De todos los en­edos, dilemas y trampas que pueden incrustarse en la estructura de la comunicación humana, la llamada paradoja del «sé espontáneo» es sin duda la más difundida. Aquí se trata de una paradoja real, limpia, conforme a todas las exigencias de la lógica formal.

En las moradas cristalinas del Olimpo de la lógica, coacción y espontaneidad (esto es, todo lo que sale del interior de uno libre de toda influencia externa) son incompatibles. Hacer algo espontáneamente porque lo mandan, es tan imposible como olvidar a propósito o dormir profundo in­tencionadamente. O uno actúa espontáneamente a su albedrío o cumple una orden y por tanto no actúa espontáneamente. Desde la pura lógica uno no puede hacer las dos cosas a la vez.

Pero ¿para qué inquietarse por la lógica? Al igual que puedo escribir «sé espontáneo», también lo puedo decir. Lógica va, lógica viene; el papel y las ondas sonoras lo soportan con paciencia. El receptor de la comunicación seguramente no tanto. Pues, ¿qué puede hacer entonces?

Si usted conoce la novela de John Fowles, El coleccionista, ya comprende cuáles son mis propó­sitos. El coleccionista es un joven que empieza centrando su atención en las mariposas. Las su­jeta con agujas y así puede contemplar con calma su hermosura siempre que quiere. No pueden es­capar. Su desgracia empieza cuando se enamora de la bella estudiante Miranda y le aplica la misma técnica -de acuerdo con la receta «más de lo mismo» (cf. págs. 27ss.)—. Como él no es parti­cularmente atractivo y, además, la opinión que tiene de sí mismo no es demasiado excelente, pre­sume que es muy probable que Miranda no se de­cida espontáneamente por él. Así pues, la rapta y en vez de sujetarla con agujas, la encierra en una casa de campo solitaria. En el marco de esta pura coacción, espera y aguarda a que ella en el curso de su encierro (siempre más insoportable) acabe por enamorarse de él. Poco a poco descubre el co­leccionista la tragedia inexorable y sin salida de su paradoja «sé espontáneo» por la que imposibi­litó exactamente lo que en realidad quería con­seguir.

¿Traído por los pelos? ¿Demasiado «literario»? Sí así lo prefiere, aquí tiene usted una situación mucho más normal que se puede producir sin necesidad de dar rodeos especiales:

Es el ejemplo deslumbrante y muy gastado de la madre que exige que su hijito haga las tareas escolares, pero no sólo esto, ha de hacerlas con gusto. Como puede ver el lector, se trata de la definición que ya hemos citado del puritanismo, pero al re­vés. Allí se dice: tu obligación es no sentir agrado, aquí, en cambio, tu obligación tiene que agra­darte.

Por tanto: ¿qué se puede hacer? Ya hice antes esta pregunta puramente retórica, pues ni tiene salida. ¿Qué hace la mujer cuando su marido le exige no sólo que se le entregue sexualmente a toda hora, sino que además lo disfrute de lleno? ¿Qué se hace cuando se está en el pellejo del jo­ven antes mencionado que debe hacer con gusto sus deberes de la escuela? Uno sospecha que aquí algo no funciona bien por culpa propia o por culpa del mundo. Pero, como generalmente en una controversia con «el mundo» uno tiene las de perder, prácticamente uno se ve forzado a buscar la culpa en sí mismo. Esto no parece muy convincente, ¿no es así? No pierda usted el ánimo, sus temores se disiparán fácilmente.

Imagínese que transcurre su infancia en una familia en la que, por los motivos que sean, la alegría se ha convertido en obligación. Dicho con más exactitud, una familia en la que se rinde homenaje al principio de que un niño naturalmente alegre es la prueba más convincente del éxito de los padres. Cuando usted alguna vez está de mal humor o cansado o tiene miedo del examen de gimnasia o no tiene ganas de hacerse boy-scout, en la perspectiva de sus padres ya no se tratará sim­plemente de un mal humor pasajero, de cansan­cio, del miedo típico del niño o de otras razones parecidas, sino de una acusación sin palabras contra la ineptitud educativa de sus padres. Ellos se van a defender enumerándole qué y cuánto han hecho por usted, qué sacrificios les ha costado y cuan pocos motivos tiene de no estar alegre.

No pocos padres saben desarrollar el método magistralmente diciendo, por ejemplo, al niño: «Ve a tu habitación y no salgas hasta que estés de buen humor.» Es una forma elegante, por ser in­directa, de decir que el niño, con un poco de buena voluntad y esforzándose algún tanto, po­dría conseguir cambiar sus sentimientos de mal a bien, y, mediante la inervación de los músculos correspondientes  del   rostro,   producir  aquella sonrisa que le devuelve el permiso para residir como «bueno» entre gente «buena».

Esta táctica sencilla, que, al igual que con el ajo y el amor, embarulla inseparablemente la tristeza con la inferioridad moral -sobre todo, con el desagradecimiento-, tiene una gran importancia para nuestro tema. Es excelente para provocar en el otro profundos sentimientos de culpabilidad, que luego, adicionalmente, se pueden explicar como sentimientos que el otro no tendría, si hu­biese sido una persona mejor. Y, en el caso de que el otro tuviera la desfachatez de preguntar cómo podría dominar sus sentimientos en la forma re­querida, se recomienda que se indique, como ya hemos dicho, que una persona decente ya sabe esto y no tiene necesidad de preguntar. (Por fa­vor, al decir esto, enarcar las cejas y adoptar un porte triste.)

Quien haya superado con éxito esta formación, ya puede pasar a producir depresiones por su cuenta. En cambio, sería perder el tiempo intentar provocar sentimientos de culpabilidad en gente sin entrenamiento en este menester. Nos referimos a aquellos que, aun conociendo el mal humor tan bien como el experto en la tristeza, siguen pensando que una tristeza ocasional forma parte integrante de la vida diaria; que la tristeza viene y se va, sin que uno sepa cómo; y que, si no esta noche, mañana al despertar el día ya habrá pasado. Esto no; lo que distingue la depresión de esta especie de la tristeza es la capacidad de aplicar luego con independencia lo que uno aprendió de niño, esto es, considerar que no tiene motivo ni razón para estar triste. El resultado garantizado será que la depresión se hará más profunda y du­rará más tiempo. Y el mismo efecto tendrán además los compañeros que, siguiendo la llamada del sentido común y las inspiraciones de su corazón, persuaden con buenas palabras, estimulan y animan al afectado a animarse. De este modo, la víctima no sólo ha logrado provocar una parte decisiva de su depresión, sino que además puede sentirse doblemente culpable, porque se ve inca­paz de participar con los otros en la visión de un mundo risueño y optimista, y así da un chasco amargo a los que tenían la buena intención de animarle. Hamlet ya se percató de la diferencia amarga que hay entre la visión del mundo que tiene un melancólico y la que tienen los que le rodean y, además, supo aprovecharla estupenda­mente para sus fines:

«...Desde hace corto tiempo, no sé por qué causa, he perdido mi alegría; he abandonado mis distracciones usuales; y, la verdad, me encuentro tan abatido, que esta hermosa tierra me parece estéril calvario; esta magnífica bóveda, esta atmósfera, sí, este espléndido firmamento que nos cubre, ese majestuoso techo tachonado de áureo fuego, es para mí sólo un conjunto de in­mundos y pestilentes vapores. ¡Obra cuán mara­villosa es el hombre! ¡Cuán noble su razón! ¡Cuán infinitas sus facultades! Sus formas y movimien­tos ¡cuán expresivos y admirables! ¡Sus actos como los de los ángeles! Su inteligencia ¡cuán pa­recida a la de un dios! ¡La gloria del mundo! ¡El modelo de los seres! Y sin embargo ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? No me agrada el hombre...» (21)

Es indiferente que la paradoja «sé feliz» venga por propia prescripción o de los otros. Hay que notar, además, que no es más que una de las mu­chas variaciones posibles del tema básico «sé espontáneo». Como ya vimos, la conducta espontánea es apta para estos arabescos paradójicos: exigir que algo se recuerde u olvide con esponta­neidad; desear un regalo y sentirse frustrado de recibirlo «sólo» por haber expresado el deseo; in­tentar provocar una erección o un orgasmo me­diante el empeño de la voluntad que hace preci­samente que sea imposible lo que se intenta; dormirse, porque uno a la fuerza quiere dormir; amar, cuando el amor se exige como obligación.

 

SI ALGUIEN ME QUIERE, NO ESTÁ EN SU CABAL JUICIO

Ya que hablamos de amor, empecemos por una advertencia importante. Dostoievski decía que el texto bíblico «ama a tu prójimo como a ti mismo» seguramente ha de entenderse al revés, es decir, que sólo se puede amar al prójimo cuando uno se ama a sí mismo.

Con menos elegancia, pero, en cambio, con más precisión, Marx (Groucho, no Karl) expresó la misma idea decenios más tarde: «Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de un club que es­tuviese dispuesto a aceptarme como tal.» Si usted se toma la molestia de sondear la hondura de este chiste, ya puede considerarse preparado para lo que sigue.

En todo caso, ser amado es algo enigmático. Investigar para poner en claro el asunto, no es aconsejable. En el mejor de los casos, el otro no sabrá qué decirle; en el peor de los casos, resultará que su motivo es algo que usted mismo hasta el momento no había tenido nunca como su cualidad más agraciada; por ejemplo, un lunar en su hombro izquierdo. Otra vez y sin lugar a dudas, callar es oro.

Ya empieza a verse más claro lo que de aquí puede aprenderse para nuestro tema. No acepte simplemente agradecido lo que la vida le ofrece por medio de su consorte (que sin duda también merece su amor). Cavile. Pregúntese en secreto —no a su consorte— por qué será. Pues éste, evidentemente, habrá hecho sus pensamientos secretos al respecto. Y por cierto no se los va a re­velar.

Personalidades esencialmente más importantes que yo se han afanado inútilmente por desentrañar esta paradoja del amor humano y sobre el amor humano se basan algunas de las creaciones más famosas de la literatura universal. Fijémonos en la frase siguiente de una carta de Rousseau a Madame d'Houdetot: «Si Vos llegáis a ser mía, voy a perderos, precisamente porque luego os poseeré, a Vos, a quien adoro.» Puede que sea útil leer la frase otra vez. Lo que parece que Rousseau quiere decir es: el que se me entrega, por esto mismo ya no es apto para seguir siendo el prototipo de mi amor. (Este concepto aparentemente exaltado es de uso corriente en un conocido país meridional, en donde el amante, convencido de su pasión, asalta a su adorada para que le conceda su amor, y, tan pronto como ella se deja con­quistar, la desprecia, pues una mujer decente nunca habría hecho «esto». En el mismo país rige también el principio -está claro, nunca recono­cido oficialmente— de que todas las mujeres son putas, excepto mi madre -ella fue una santa-. Es evidente, con la madre, «esto», naturalmente, no iría.)

En su obra famosa, El ser y la nada, Jean-Paul Sartre define el amor como un intento vano de poseer una libertad como libertad. Sobre esto ex­plica (19, pág. 434):

«Por otra parte, (el amante) no se daría por sa­tisfecho con esta forma eminente de libertad que consiste en el compromiso libre y voluntario. ¿Quién se contentaría con un amor que se diese como pura fidelidad a la fe jurada? ¿Quién acepta­ría que le dijesen: «te amo, porque me he compro­metido libremente a amarte y no quiero faltar a mi palabra; te amo por fidelidad a mí mismo»? De este modo, el amante pide el juramento y se irrita por el juramento. Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como libertad, ya no sea más libre.»

Más detalles sobre estas extrañas e insolubles complicaciones del amor (y de muchas otras formas de conducta aparentemente irracional) los encontrará el lector interesado en el libro Uíysses and tht Sirens (2) del filósofo noruego Jon Elster. Pero para cubrir las necesidades del princi­piante, seguramente ya basta con lo dicho. Aun cuando no sea capaz de lograr la maestría de los Grouchos Marx de este mundo, no por esto necesita relegarse permanentemente a un bajo ni­vel de habilidad. El requerimiento clave es su falta de convencimiento de ser digno del amor de los demás. Con esto, por de pronto, ya se de­sacredita todo aquel que quiere a alguien. Pues el que quiere a alguien que no merece ser que­rido, no está en su cabal juicio. Defectos caracte­rísticos como masoquismo, apego neurótico a una madre castradora, fascinación morbosa por lo de calidad inferior y otros motivos de esta es­pecie serían las explicaciones del amor del hom­bre o de la mujer en cuestión y, por lo mismo, harían su amor insoportable. (Para escoger el diagnóstico más satisfactorio se precisan unos ciertos conocimientos de psicología o al menos haber participado en sesiones de grupos de en­cuentro.)

Y así se descubre la mezquindad no sólo del ser amado, sino también del amante y hasta del mismo amor. ¿Qué más se puede pedir? De todos los autores que conozco, Laing en sus Knots es el que mejor ha expuesto este dilema, por esto cito textualmente sus palabras (9, pág. 18):

 

«No me aprecio a mí mismo.

No puedo apreciar a nadie que me aprecie.

Sólo puedo apreciar al que no me aprecia.

 

Aprecio a Jack,

porque no me aprecia.

 

Desprecio a Tom

porque no me desprecia.

 

Sólo una persona despreciable

puede apreciar a alguien

tan despreciable como yo.

 

No puedo querer a nadie

a quien yo desprecie.

 

Como quiero a Jack

no puedo creer que él me quiera.

 

 

¿Cómo puede demostrármelo?»

 

 Sólo a primera vista parece esto absurdo, pues las complicaciones que comporta este punto de vista son clarísimas. Ello no tendría que desanimar a nadie; o como dice Shakespeare en uno de sus sonetos: «Esto lo saben todos; pero no saben cómo huir del cielo, que atrae este infierno.» Lo más práctico, en definitiva, es enamorarse desesperadamente de una persona casada, de un cura, de una estrella de cine o de una cantante de ópera. De este modo, uno viaja lleno de esperanza sin llegar nunca. Y, además, se ahorra la desilusión de tener que comprobar que el otro a lo mejor está dispuesto a aceptar la relación, con lo que inmediatamente se convertiría en inatractivo 

 

«EL HOMBRE DEBE SER NOBLE, DISPUESTO A AYUDAR Y BONDADOSO»

Quien ama, naturalmente, está dispuesto a ayudar al ser amado. Pero se tiene por particular­mente noble y bondadoso ayudar incluso a personas con las que no se tienen lazos especiales de amistad, por ejemplo, a los extranjeros. La ayuda desinteresada constituye un alto ideal y por lo visto contiene su propia recompensa.

No importa que nos alarmemos por ello, pues la disposición a ayudar, como toda acción buena, puede estar «afectada por la palidez del pensamiento». Ya lo vimos al tratar del tema «amor». Para atizar la duda sobre el desinterés y la pureza de intenciones de nuestra ayuda, basta que nos preguntemos si no será que en ello abrigamos se­gundas intenciones: ¿lo hice como si fuera un ingreso en mi cuenta corriente celestial?, ¿para impresionar?, ¿para causar admiración?, ¿para obligar al otro a estarme agradecido? o, simple­mente, ¿para acallar mis remordimientos de con­ciencia? Como ve usted, el poder del pensamiento negativo casi no tiene fronteras, pues el que busca encuentra. Al que es puro, todo le parece puro; en cambio, el pesimista descubre por todos lados la pata de gallo, el talón de Aquiles o cualquiera de las otras metáforas que haya en el ámbito de la podiatría.

Si alguien todavía tiene dificultades con ello, que se enfrasque en la bibliografía especializa­da. ¡Ya se le abrirán los ojos! Descubrirá que el honrado bombero de hecho es un pirómano inhi­bido; el valiente soldado da rienda suelta a las pulsiones suicidas que tiene en lo profundo de su inconsciente o a los instintos homicidas; el poli­cía anda a la brega con los crímenes de los otros, para no volverse él mismo un criminal; el detec­tive famoso a duras penas disimula una actitud paranoide; todo cirujano es un sádico disfrazado; el ginecólogo un voyeur, el psiquiatra quiere jugar a ser Dios. Voila, así de sencillo es desenmascarar la podredumbre del mundo.

También en el caso de que al «ayudante» no le vaya esta manera de descubrir los «verdaderos» motivos, la ayuda se puede convertir en una forma de infierno para dejar estupefacto al pro­fano en estas materias. Para ello basta que nos imaginemos una relación en la que una persona predominantemente da ayuda y la otra la recibe. La misma naturaleza de una tal relación sólo conduce a dos resultados posibles, y los dos son fa­tales: la ayuda será un fracaso o un éxito (no hay término medio posible). En el primer caso, hasta el «ayudante» más fervoroso acabará por abandonar la relación profundamente desengañado y amargado. Si, en cambio, la empresa ha tenido éxito, el ayudado ya no necesita más ayuda y por lo mismo la relación también se deshace, habiéndose agotado su sentido y motivo.

Como ejemplos literarios se nos ocurren sobre todo las numerosas novelas y libretos, en especial del siglo XIX, en los que un noble caballero se propone como objetivo de su vida salvar y purificar el alma de una prostituta empedernida (que en realidad es inocente y merecedora de toda es­tima). Nos dan ejemplo de ello las mujeres, casi siempre inteligentes, responsables y sacrificadas, con su propensión fatal a convertir, por el poder de su amor, a los borrachos, jugadores o crimina­les en dechados de virtudes, mujeres que hasta el final responden a «más de la misma» conducta del hombre con «más del mismo» amor y disposición a ayudar. Por lo que hace a su potencial de desdichas, estas relaciones son casi perfectas, pues aquí las dos personas se adaptan y ajustan mutua­mente, como apenas parece ser posible en las relaciones positivas. (En esto se equivocó rabí Jochanan cuando dijo: «Es más difícil entre los hombres lograr un matrimonio congeniado que el milagro de Moisés en el Mar Rojo.») Para que una mujer pueda sacrificarse, necesita un hombre problemático y propenso a caer; en la vida de un hombre que de alguna manera funciona por sí solo, ella no ve ni espacio ni necesidad para su ayuda -y, por tanto, para sí misma-. Por otra parte, él necesita quien le ayude sin desmayo, para poder seguir sufriendo su naufragio. Una mujer que profesa el principio de que una mano lava la otra, seguramente abandonará pronto esta relación. La receta es, por tanto: buscar la persona que con su manera de ser posibilite y ratifique la propia manera de ser, y guardarse, también aquí, de llegar a la meta.

En la teoría de la comunicación, este modelo de relación se denomina colusión. Con ello se quiere indicar un arreglo sutil, un quid pro quo, un acuerdo en el plano de la relación (a lo mejor sin que se tenga idea de ello) por el que uno deja que el otro le confirme y ratifique como la persona que uno cree ser. El no iniciado podría preguntar aquí con razón, para qué se necesita entonces una pareja. La respuesta es sencilla: imagínese usted a una madre sin hijo, a un médico sin enfermos, a un jefe de Estado sin Estado. Esto no serían más que esquemas, por decirlo así, personas provi­sionales. Sólo cuando tenemos el papel que necesitamos, nos convertimos en «reales»; sin él estamos a merced de nuestros sueños que, como se sabe, son vanos. Pero ¿por qué tiene uno que estar dispuesto a desempeñar para no­sotros este papel determinado? Para ello hay dos motivos:

1. El papel que él tiene que desempeñar para que yo sea «real», es el papel que él mismo quiere desempeñar para construir su propia «realidad». A primera vista, esto hace el efecto de un arreglo perfecto, ¿no es verdad? Pero observe usted que para que siga siendo perfecto, no puede modificarse en absoluto. Ya fue Ovidio quien escribió en sus Metamorfosis: nada permanece estable sobre la tierra; al flujo sigue siempre el reflujo. Aplicado a la colusión, esto significa que los ni­ños tienen la tendencia fatal a crecer, los enfer­mos a sanar; y así, al entusiasmo del «acuerdo» en la relación sigue el reflujo del desencanto y con él el intento desesperado de imposibilitar al otro la rotura. A ese propósito, escribe Sartre (19, página 431):

«Mientras intento librarme de la apropiación del otro, el otro intenta librarse de la mía; mientras busco someter al otro, el otro busca someterme. No se trata aquí en modo alguno de relaciones unilaterales como un objeto-en-sí, sino de relaciones recíprocas y perturbadoras.»

Como toda colusión presupone necesaria­mente que el otro tiene que ser exactamente de por si como yo le quiero, ésta desemboca inevita­blemente en una paradoja de «sé espontáneo».

2. Esta fatalidad es todavía más manifiesta, si miramos el otro motivo que puede dar ocasión a que el consorte desempeñe el papel que precisa nuestro sentido de la «realidad», esto es, una compensación proporcionada al esfuerzo de esta acro­bacia. Como ejemplo de ello, a uno se le ocurre enseguida la prostitución. El cliente desea, naturalmente, no sólo que la mujer se le entregue, porque ha pagado por ello, sino porque ella también lo quiere «realmente». (Usted notará que el concepto admirable de «realidad» se usa mucho aquí.) Diríase que la cortesana dotada logra con bastante desenfado despertar y mantener esta ilusión. Las practicantes menos talentosas desencantan al cliente precisamente en este punto. Pero este desencanto no es en modo alguno exclusivo de la prostitución en sentido estricto; propende fatídicamente a brotar siempre que en una rela­ción haya elementos colusivos. Un sádico, dice el mote conocido, es el que trata con delicadeza al masoquista. El problema de muchas relaciones homosexuales está en que las personas en cues­tión suspiran por relacionarse con uno que sea «realmente» hombre, pero, por desgracia, tienen que comprobar que también el otro «no es más que» un homosexual.

En su pieza de teatro, El balcón, Jean Genet (4) dibuja un cuadro magistral de este mundo colusivo. Madame Irma es la directora de un superburdel, donde los clientes -naturalmente, pagan­do— pueden alquilar la encarnación de sus personajes contrapuestos. En un momento de la obra, Madame Irma hace un repaso de sus clientes: dos reyes de Francia con festejos de coronación y otros rituales diversos: un almirante sobre el puente de su torpedero que se va a pique; un obispo en estado de adoración perpetua; un juez juzgando; un general montado a caballo; un san Sebastián; Cristo en persona. (Todo esto, mien­tras en la ciudad se ha desencadenado la revolu­ción y los distritos del norte ya han caído en ma­nos de los rebeldes.) A pesar del cuidado que pone Madame Irma en conseguir una organización esmerada, siempre surgen contratiempos que desilusionan. Y es que, con el mejor empeño, no puede disimularse el hecho de que todos los personajes alquilados con frecuencia no pueden o no quieren desempeñar su papel tal como el cliente imagina que ha de ser la experimentación de su propia «realidad». Por ejemplo, dice el «juez» a la «ladrona»:

«Mi condición de juez es una emanación de tu condición de ladrona. Bastaría que te negases... pero no te lo aconsejo, negarte a ser lo que eres, lo que tú eres, y, por lo mismo, quién tú eres, y yo dejaría de existir..., desaparecería, me evaporaría. Reventaría. Aniquilado. Negado... ¿Y luego?, ¿y luego? Pero tú no te negarás, ¿verdad? Tú no te negarás a ser una ladrona. ¡Esto sería terrible!, ¡criminal! ¡Tú me quitarías mi ser! (Suplicante.) Dime, mi pequeña, mi amor, ¡tú no te negarás!

Ladrona (coqueta): ¿Quién sabe?

Juez ¿Qué?, ¿qué has dicho? ¿Te negarías?... Dime otra vez, ¿qué has robado?

Ladrona (con sequedad, incorporándose): No.

Juez- Dime, ¿dónde? No seas tan cruel...

Ladrona-. No me tutee, si usted me lo permite.

Juez- Señorita..., mi dama. Se lo pido. (Se echa de rodillas.) Vea usted, le suplico. En esta postura usted no me hará esperar a ser juez. Si no hubiese jueces, ¿adónde iríamos a parar?, pero ¿si no hubiese ladrones?

La obra acaba con unas palabras de Madame Irma al público cuando finaliza su día -mejor dicho, noche— de trabajo: «Ahora, ustedes tienen que marcharse a casa, donde todo -pueden estar bien seguros de ello- es todavía más artificial que aquí.» Y cuando se apaga la última luz: «Por favor, las puertas de salida están a la derecha.» (Detrás del escenario se oye una ráfaga de ametralladora.)

 

ESOS EXTRANJEROS MENTECATOS

Como la mayoría de las verdades amargas, la observación final de Madame Irma seguramente no le reporta mucha simpatía. No nos gusta que alguien nos recuerde la falsedad de nuestro propio mundo. Nuestro mundo es el mundo verdadero; desquiciados, falsos, ilusorios, excéntricos son los mundos de los otros. De aquí se puede sacar mucho provecho para nuestro tema.

Usted no tema, mi intención (y menos mi competencia) no es tomar parte en el debate con palabras sabias sobre cómo y por qué se producen tensiones entre los ciudadanos de un país y las minorías de extranjeros. El problema es univer­sal: mexicanos, vietnamitas o haitianos en los EE.UU., norteafricanos en Francia, hindúes en África, italianos en Suiza, turcos en Alemania, y no hablemos de los palestinos, armenios, drusos y chiitas. La lista se haría interminable.

No, para la indignación personal contra los ex­tranjeros y para su rechazo basta con unos contactos personales o hasta con unas simples observa­ciones directas; tanto si es en el propio país como si es en el extranjero. Eructar después de las comidas se consideraba antiguamente como un cumplido por la buena cocina; que hoy no lo sea, es algo que entretanto ya es sabido de todos. Quizá no sea tan conocido que todavía hoy entre los japoneses es signo de cortesía chasquear con la lengua y hacer ruido entre los dientes con el aire que se aspira. O ¿sabe usted acaso que en Amé­rica Central es mal visto el que indica la estatura de una persona con el gesto que es normal para los europeos (poniendo la mano horizontal)? Allí, con este gesto sólo se puede indicar la altura de un animal.

Ya que estamos en América Latina, segura­mente habrá oído hablar usted del Latín Lover como ejemplar exquisito de virilidad, aun cuando usted no pertenezca al ámbito americano de habla inglesa. Pero allí es donde el aludido «amante latino» hace sobre todo de las suyas. En el fondo es una persona afable e inofensiva y su forma de obrar está perfectamente de acuerdo con el estilo de sociedad de América Latina, estilo, todavía hoy, considerablemente estricto. Como allí, en la llamada alta sociedad (al menos oficialmente) se han puesto unos límites rigurosos a ciertas escapadas, el Latín Lover puede permitirse la conducta apasionadamente enamorada que corres­ponde perfectamente a la conducta no menos ar­diente y sensual, pero no dispuesta a concesiones, de la bella Latina. No es, pues, nada extraño que los cantos populares latinoamericanos (sobre todo los boleros de una belleza verdaderamente nostálgica) enaltezcan desde siempre de una forma romántica el pesar del amor no realizado, imposible de alcanzar, la separación irrevocable justo antes de la consumación de los deseos, la de­licia, ahogada por las lágrimas, de la última noche (la noche primera e inevitablemente última). Después de haber escuchado algunos de estos cantos, el extranjero empieza a preguntarse si esto es todo. La respuesta es: en el fondo, sí.

Pero si exportamos a un Latin Lover a los EE.UU. o a Escandinavia, le producimos un montón de problemas. Por la fuerza de la costum­bre, asaltará y enamorará a las bellas de allí, mas como éstas tienen unas normas de juego comple­tamente distintas -esto es, mucho más libres-, le van a tomar en serio. Pero nuestro latino no está preparado para ello, pues, según las reglas de su arte, ellas tienen que rechazar o hacerle esperar hasta la noche de bodas. Es fácil imaginarse las complicaciones de desengaño que surgen de ahí para las damas impacientes y para la propia capacidad del varón (que está programada de acuerdo con el mito de la última noche). Vemos de nuevo cuán preferible es andar lleno de esperanza que llegar.

Unos problemas parecidos oprimen el mundo masculino de los italianos, desde que las italianas se han emancipado sensiblemente en los últimos decenios. Antes, el italiano podía ser tan fogoso como se creyera obligado por su condición de hombre. El riesgo era escaso, pues se podía esperar que ella (en general) le rechazaría. Una regla fundamental del coqueteo masculino decía: si me encuentro solo con una mujer, la que sea, más de cinco minutos y no la toco, ella cree que soy homosexual. El problema es que ahora las damas se han vuelto mucho más francas en este punto, y, si hay que dar crédito a las estadísticas especializa­das de psiquiatría, el número de pacientes trata­dos por impotencia sube considerablemente. Comportarse de un modo varonil y apasionado según la costumbre no ofrece peligro sólo y cuando ella adopte la actitud complementaria «correcta» y rechace a uno con bondad maternal.

En cambio a nosotros, los centroeuropeos, en los EE.UU., nos podría pasar que cayéramos en el error diametralmente opuesto al del Latín L,over. El tiempo permitido para mirar directa­mente a los ojos de un desconocido es muy breve. Basta que se sobrepase en un segundo y los resultados serán muy distintos en Europa y en los EE.UU. Entre nosotros, en general, el otro concibe sospechas, interrumpe el contacto visual y se vuelve sensiblemente inaccesible. En Norteamé­rica, en cambio, sonríe (especialmente ella). Ello puede inducir a que hasta el más tímido se imagine que esta otra persona nos ofrece su simpatía especial —por decirlo así, un amor a la primera mirada- y que por tanto la situación presenta unas oportunidades particulares. Pero ella no las presenta en modo alguno; sólo las reglas de juego son distintas.

¿A qué viene este puchero de curiosidades pseudoetnológicas? No sólo para impresionarle con mis conocimientos cosmopolitas, sino tam­bién porque según esta receta uno puede organizar su viaje al extranjero (o la estancia del extranjero en el propio país) de un modo sumamente desilusionante. Repetimos: el principio no puede ser más simple: tómese el propio proceder como evidente y normal en todo momento y lugar y a despecho de cualquier evidencia en contra. Automáticamente todo proceder distinto en la misma situación «se convertirá» en disparatado o al me­nos estúpido.

 

LA VIDA COMO JUEGO

Un aforismo del psicólogo americano Alan Watts dice que la vida es un juego cuya primera regla es: esto no es ningún juego, esto es muy serio. Sin duda, Laing pensaba en algo parecido cuando escribía en sus Knots. «Juegan a un juego. En él juegan a no jugar ningún juego. Si les muestro que juegan, entonces falto a las reglas y me imponen un castigo por ello» (9, pág. 1).

Se ha dicho repetidamente en este Arte de amargarse la vida, que uno de los presupuestos fundamentales de la desdicha eficaz consiste en que la mano derecha no sepa lo que hace la iz­quierda. De este modo, uno puede jugar al juego de Watts o de Laing consigo mismo.

No se trata de imaginaciones ociosas. Desde hace mucho tiempo, incluso una rama de las matemáticas superiores, la teoría del juego, se ocupa de estos problemas y de otros parecidos. De este terreno vamos a sacar nuestra última inspiración. Como usted ya puede imaginarse, el concepto de juego, para los matemáticos, no tiene en modo alguno un sentido pueril y juguetón. Se trata más bien de un marco conceptual en el que valen unas reglas de juego muy concretas, que determi­nan cuál es la mejor conducta de juego. Ya se en­tiende que cuanto más inteligente y correcta sea la aplicación de las reglas, tanto más se optimalizan las posibilidades de ganar.

Es de importancia capital —también lo es para nuestros propósitos- la distinción entre juegos de sumas a ceros y juegos de sumas a no ceros. Mire­mos primero la clase de juegos de sumas a cero. Comprende los juegos innumerables en los que la pérdida de un jugador significa la ganancia del otro. Por esto, ganancia y pérdida sumadas dan siempre cero. Una simple apuesta, por ejemplo, se basa en este principio. (Hay juegos mucho más complicados en este género, pero no importa que nos ocupemos de ellos.)

Los juegos de sumas a no cero, en cambio -como ya dice su nombre—, son los que no igualan ganancia y pérdida. Esto es, la suma de los dos puede dar más o menos que cero; con otras pala­bras: en estos juegos ambos jugadores (o, si son más de dos, todos los jugadores) pueden ganar o perder. A primera vista parece complicado, pero pronto se le ocurren ejemplos a uno; uno de ellos podría ser la huelga. En este caso, pierden los dos «jugadores», los empresarios y los obreros, la mayoría de las veces. Pues, aun cuando el debate dé al final un resultado ventajoso para unos o para otros, no es necesario que la pérdida y la ganancia sean igual a cero.

Imaginemos además que la caída de la producción causada por la huelga, aprovecha a otro empresario del ramo que ahora puede vender más los propios productos que antes. En este caso, po­dría ser que nos encontrásemos de nuevo con un juego de sumas más a cero, si la situación resultante llegara a una correspondencia entre las pérdidas de la primera empresa y las ganancias oca­sionadas para la segunda empresa. Aquí pagan el pato empresarios y obreros de la primera empresa, ya que ambos pierden.

Bajemos ahora esta problemática desde los campos abstractos de las matemáticas o desde las escaramuzas colectivas entre la patronal y los sin­dicatos al nivel de las relaciones humanas individuales. ¿Son éstas juegos de sumas a cero o juegos de sumas a no cero? Para responder a ello tene­mos que preguntarnos primero si las «pérdidas» de uno corresponden a las «ganancias» del otro.

Aquí hay divergencia de opiniones. La ganan­cia, por ejemplo, que consiste en que uno tenga razón y demuestre que el otro está equivocado (pérdida),   se  puede  considerar  perfectamente como un juego de sumas a cero. Muchas relaciones son así. Para conseguirlo, basta con que uno de los dos no admita más que la alternativa de ganar o perder. El resto viene por sí solo, aun cuando al principio la filosofía del otro no vaya precisamente en esta dirección. Por tanto, basta jugar a sumas a cero en el plano de la relación, y uno puede estar tranquilo de que en el nivel objetivo, poco a poco, pero con paso firme, se manda al quinto infierno. Lo que pasa fácilmente es que los jugadores de sumas a cero, empeñados como están en la idea de ganar y de hacer la mejor jugada el uno al otro, no advierten la presencia del gran adversario de juego, el tercero que se ríe (aparentemente): la vida. Ante ella pierden los dos.

¿Por qué nos resulta tan difícil comprender que la vida es un juego de sumas a no cero?, que pueden ganar los dos juntos tan pronto como se deja de estar poseído por la idea de tener que vencer al otro y no ser vencido?, ¿y que —algo incon­cebible para el jugador de sumas a cero- incluso se puede llegar a vivir en armonía con el gran ad­versario de juego, con la vida?

Pero ahora hago de nuevo preguntas retóricas a las que Nietzsche intentó responder en Más allá del bien y del mal al afirmar que la locura se da ra­ramente en los individuos, pero que es normal en grupos, naciones y épocas. Pero ¿para qué noso­tros, pobres mortales ordinarios, tenemos que ser más sabios que los desproporcionadamente más poderosos jugadores de sumas a cero, por ejem­plo, los políticos, patriotas, ideólogos y hasta las superpotencias? ¡Dale que dale sin perder el ánimo! A más moros, más ganancia y aun cuando todo se haga añicos...

 

EPILOGO

La regla fundamental que dice que el juego no es ningún juego, sino algo tremendamente serio, hace que la vida sea un juego sin fin, que sólo la muerte acaba. Si esto ya resulta bastante paradójico, aquí tenemos una segunda paradoja: la única regla que podría poner fin a este juego tan serio no es ni siquiera una regla de este juego. Tiene varios nombres que en el fondo significan lo mismo: honradez, confianza, tole­rancia.

Como canta el abad, responde el sacristán. Ya lo sabemos de cuando éramos niños. Y también comprendemos que debe ser así; pero sólo hay unos pocos felices que lo crean. Si lo creyéramos, también sabríamos que no sólo somos los creado­res de nuestra desdicha, sino que del mismo modo podríamos crear nuestra felicidad.

Este libro empezó con Dostoievski, y tiene que finalizar con él. En los Demonios, dice uno de los personajes más enigmáticos que Dostoievski jamás creara: «Todo es bueno..., todo. El hombre es desdichado, porque no sabe que sea dichoso. Sólo por esto. ¡Esto es todo, todo! Quien lo reconozca, será feliz en el acto, en el mismo instante...» Tan desesperadamente simple es la solución.

 

ÍNDICE BIBLIOGRÁFICO

1 Carrol, Lewis, Alicia a través del espejo, Alianza, Madrid, 51981. 

2 Elster, Jon, Ulysses and tbe Sirens: Studies in Kationality and Irrationality, Cambridge University Press,

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 7 Gulotta, Guglielmo, Commedie e drammi nel matrimonio, Feltrinelli, Milán, 1976.

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 12 Morisette, Rodolphe y Luc, Petit manuel de guérilla matrimonióle: L'Art de réussir son divorce, Ferron,Montreal, 1973.

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 14 Parkinson, Cyril N., La ley de Parkinson Ariel, Barcelona, 131980.

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 19  Sartre, Jean-Paul, L'itre et le néant, Éditions Gallimard, París, 1943; versión castellana: El ser yla nada, Losada,Buenos Aires, 1966.

 20 Selvini Palazzoli, Mará, y otros, Il mago smagato, Feltrinelli Económica, Milán, 1976.

 21 Shakespeare, William, Hamlet, versión castellana de G. Macpherson, Mundo Actual, Barcelona, 1979.

 22 Spaemann, Roben, Philosopbie ais Lehre vom glücklichen Leben, en «Neue Zürcher Zeitung»n.° 260, 5-6.11.1977, pág. 66.

 23 Thayer, Lee, The Functions of Incompetence, en Festschrift for Henry Margenau, E. Laszlo y Emily B. Sellow (dirs.),

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