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APRENDER A VIVIR MEJOR de Jorge Bucay

 

Enfrentar el desafío de nuestro día a día se vuelve cada vez más difícil. Es así para nosotros,

para nuestras parejas y para nuestra familia. Es así en nuestra ciudad, en nuestra provincia

y sobre todo en nuestro herido país. El mundo es un espacio complicado, cuanto más para

nosotros los argentinos, después de tan difíciles años.

Me anima la idea de reaprender a disfrutar de nuestras vidas. Disfrutar quiere decir tomar

un fruto, paladearlo, saborearlo, conocerlo. El fruto es cada cosa y cada momento, alegre o

triste, extraordinario o cotidiano, placentero o doloroso. Degustar es vivirlo comprometidamente.

Qué estúpido sería el trabajo de hacer crecer un árbol, plantarlo, sostenerlo, regarlo y protegerlo,

para después, por apuro, por distracción, por miedo o por culpa, no tomar de sus frutos. Qué

tonto trabajo el de hacer crecer los frutos que uno nunca comerá, ni dejará para que otros coman,

ni regalará a nadie ni se ocupará de que estén a disposición de quienes los necesiten.

¿Qué hace falta, qué es necesario, cuál es el camino para aprender a vivir mejor?

La primera condición es darse cuenta de que la vida, tal cual es, con todas sus dificultades,

vale la pena. Quiero decir que vale la pena. Es decir, que vale penar por ella, padecer

por ella, entristecer y dolerse por ella. Tanto más si estamos dispuestos a apostar, casi a ciegas,

por lo que sigue, por el resto de nuestra vida, que como dice la canción, empieza hoy.

Me contaron un cuento...

El enorme y lujoso auto estacionó frente a la parroquia. De él bajó un hombre de mediana edad,

muy bien vestido y con signos de indudable prosperidad. Se dirigió al cura párroco y le dijo:

- ¿Se acuerda de mí, padre?

El cura lo miró por encima de las gafas, jamás olvidaba una cara.

- Claro, estuviste aquí hace casi un año, vestías en harapos y tenías hambre. Decías que

habías perdido todo, que te descuidaste y que tu propia gente te había robado, estafado y

humillado. Pero si mal no recuerdo, también sostenías que ya no había posibilidades para tí...

 y por lo que se ve, estabas equivocado.

- Estaba muy equivocado, padrecito, porque ese día usted me dio un consejo, ¿lo recuerda?

- Sí. Creo que te conté que mis ancestros en España cuando tenían un problema y no

encontraban solución, tomaban los Santos Evangelios y los dejaban caer sobre la mesa para

que se abriera al azar y ponían luego un dedo en el texto sin mirar dónde, porque confiaban

en que Dios los guiará a la respuesta precisa...

- Exacto. Le confieso, padre, que me fui a casa riéndome de su ingenuidad. Mi problema es

concreto pensé, qué tendría que ver Dios con todo eso. Pero esa noche me encontré tan

desesperado que tomé el libro de los Evangelios del cuarto de mi madre y me animé a seguir

su consejo... Al leer lo que señalaba, entendí todos mis errores y pude salir del horrible lugar

en el que estaba... en señal de gratitud, he traído una donación para la parroquia, espero no

ofenderlo. Volveré el año próximo. Una vez más, gracias padre, ha sido un placer conocerlo.

Y dicho esto empezó a marcharse...

- Un momento, hijo mío -lo detuvo el cura-, me gustaría saber, antes de que te vayas, qué

decía la frase que tu dedo señaló en el Evangelio.

- Ah, sí, claro padre, decía "Capítulo 18".

- Perdona mi mala memoria -respondió el cura- pero, ¿qué dice el capítulo 18?

- No lo sé padre, nunca lo leí -dijo el hombre-. Lo que pasó fue que al ver la frase, me di

cuenta de que más allá de lo que dijera el capítulo 18... el capítulo 17 había terminado.

 

Vale la pena insistir, crear, reintentar, reempezar, construir y compartir.

 

Vale la pena vivir.

 

 

 

 

 

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